Historia de Barcelona

Historia de Barcelona

La historia de Barcelona se extiende a lo largo de 4.000 años, desde finales del neolítico, con los primeros restos hallados en el territorio de la ciudad, hasta la actualidad. El sustrato de sus habitantes aúna a los pueblos íberos (layetanos), cartagineses, romanos, judíos, visigodos, musulmanes y cristianos. Pese a los vestigios de asentamientos íberos y cartagineses, el verdadero nacimiento de la ciudad se produjo en época romana, de cuyo primer momento de esplendor irá evolucionando hasta convertirse en uno de los principales puertos del Mediterráneo occidental, alcanzando en la Edad Media la primacía sobre el resto de condados catalanes y convirtiéndose en una de las ciudades más importantes de la Corona de Aragón. Tras la unión de Castilla y Aragón Barcelona siempre ha gozado de una posición de gran relevancia en el desarrollo político, social y económico del estado español. En la actualidad, acontecimientos como los Juegos Olímpicos de 1992 y el Fórum Universal de las Culturas han situado a Barcelona como una ciudad mundialmente reconocida y alabada, importante foco turístico y cultural, así como centro financiero y congresístico de reconocido prestigio.

Contenido

Orígenes

Territorio de los layetanos.

Los orígenes de la ciudad de Barcelona son confusos. Antes de la conquista romana de la península Ibérica, el área del llano de Barcelona y zonas colindantes conserva restos de finales del neolítico y principios del calcolítico. Posteriormente se desarrolló la cultura de los layetanos, un pueblo íbero. Se tiene constancia de dos poblaciones vecinas, Barkeno, situada sobre el monte Táber (Ciutat Vella) y Laie (o Laiesken), cuya localización se cree en las faldas de la montaña de Montjuïc (siglos III y II a. C.), con cierta actividad comercial.[1] Al parecer también hubo un pequeño establecimiento griego, de nombre Καλλίπολις (Kallípolis, “ciudad bella”) aunque no está clara su localización. Se han encontrado dos cecas de ese período. Entre los siglos III y II a. C. circularon dracmas de imitación emporitana, con la leyenda íbera Barkeno. Laiesken acuñó también monedas que prevalecieron durante el primer período romano.[2]

Barcino fue fundada por Amílcar Barca, padre de Aníbal que tambíen fundó otras ciudades como Alicante[3] Durante la Segunda Guerra Púnica (218-202 a. C.), Cartago, liderado por Aníbal Barca, ocupó la población en el transcurso de su marcha hacia los Pirineos, habiendo traspasado el Ebro, que era hasta entonces el límite del dominio cartaginés. En muchos casos, esta ocupación (218 a. C.) es señalada como fecha de fundación de la ciudad.

Leyendas sobre la fundación

Dos leyendas principales dan cuenta del origen de la ciudad:

La de origen romano atribuye la fundación a Hércules (Heracles en su versión griega), 400 años antes de la fundación de Roma. En esa versión, Hércules, tras el cuarto trabajo, se une a los argonautas liderados por Jasón a la búsqueda del vellocino de oro, cruzando el Mediterráneo mediante nueve navíos. Una tormenta dispersa la flota cerca de la costa catalana, aunque consiguen reagruparse todas excepto una nave. Jasón encarga entonces a Hércules la búsqueda del noveno navío. Encontró el naufragio de la Barca Nona (novena) junto a una suave colina (Montjuïc). A los tripulantes les agradó tanto el lugar que con la ayuda de Hércules y Hermes fundaron una ciudad con el nombre de la Barca Nona, Barcanona. Esta historia representa una variación del mito original en el que el vellocino se encontraba en la Cólquida, un territorio situado en el Cáucaso y actualmente parte de Georgia. Acorde a la adaptación mitológica romana de Heracles a Hércules, se relocalizan los hechos a la vertiente occidental del Mediterráneo.

La leyenda del origen cartaginés otorga a Amílcar Barca, padre de Aníbal, la fundación de la ciudad, hacia el 230 a. C. con el nombre de Barkenon, Barcelino o Barci Nova en relación a su linaje. Esta etimología también es referida a menudo respecto a Aníbal Barca. Otra versión relaciona ambas leyendas mediante una fundación de Hércules y una reconstrucción posterior por parte de Amílcar.

En cualquier caso, estos orígenes se han basado en conjeturas sin base arqueológica ni histórica, propuestos por crédulos historiadores medievales del siglo XV como Pere Tomic o Jeroni Pau. El origen etimológico está bien fundamentado en el topónimo layetano e ibérico, y es defendido por lingüistas y etimólogos de renombre como Joan Coromines.

Barcelona romana

«Barcino» redirige aquí. Para otras acepciones, véase Barcino (desambiguación).
Busto del emperador Augusto.

Desde el año 218 a. C. hasta el siglo I a. C. la información es escasa. La entrada de la Antigua Roma –por entonces una República– en la península Ibérica para contrarrestar el poder de los cartagineses acabó por devenir en el inicio de la conquista del territorio, que duraría hasta el 19 a. C., año en que Augusto daría por concluido el control de la península. La prolongación de esta conquista se debió a la fuerte resistencia que expusieron los pueblos del interior y del norte (Guerras Cántabras). Las ciudades ya dominadas del noroeste peninsular sirvieron de base para llevar a cabo la empresa. Barcino se benefició de estos hechos –aunque con discreción– bajo la superioridad de otras ciudades como Tarraco o Caesaraugusta.

Durante el control de Roma por Augusto (27 a. C. - 14 d. C.), que convirtió sus dominios en imperio, se formalizó el nombre de Barcino (entre el 15 y 10 a. C.), forma reducida de la oficial Colonia Faventia Iulia Augusta Pia Barcino, o la más comúnmente extendida Colonia Iulia Augusta Faventia Paterna Barcino (Inscr. ap. Gruter, p. 426, nos. 5, 6).[4] Es con el nombre de Barcino que aparece en el célebre mapamundi de Claudio Ptolomeo. La mención de Colonia hace referencia a una ciudad fundada para distribuir tierras entre los soldados romanos retirados del ejército, en este caso tras las Guerras Cántabras. Era también conocida en forma reducida como Colonia Faventia (Plinio el Viejo, iii. 3. s. 4). El geógrafo romano Pomponius Mela (ii. 6) hace referencia a la población –entre otros pequeños poblados de la zona– bajo la sombra de Tarraco. El papel estratégico de Barcino, punto de llegada de los grandes ejes norteño (ramal de la Vía Augusta) y mediterráneo, otorgó a la ciudad desde muy pronto un activo desarrollo comercial y económico (Rufo Festo Avieno, Or. Mar. 520: Et Barcilonum amoena sedes ditium). Desde muy pronto también disfrutó de exención de impuestos.

Barcino

Plano de Barcino superpuesto al plano actual del Barrio Gótico.

En la refundación de Augusto, Barcino tomó la forma urbana de castrum inicialmente, y oppidum después, con los habituales ejes organizadores Cardus Maximus y Decumanus Maximus y un espacio central o foro, asentado sobre el montículo Mons Taber (25 msnm), ya ocupado por la presencia layetana. El conjunto estaba amurallado, con un perímetro de 1,5 km y protegiendo un recinto de 12 ha.

El máximo esplendor de la época romana se dio durante el siglo II, con una población que debía oscilar entre los 3.500 y 5.000 habitantes. Un personaje destacable de ésta época fue Lucio Minicio Natal, quien –junto con su padre– mandó construir las termas de la ciudad. La población ascendió a entre 4.000 y 8.000 habitantes durante el siglo III. La principal actividad económica era el cultivo de tierras circundantes (especialmente la vid), que tenía buena fama y se exportaba a otras áreas del imperio como la Galia, Italia, el norte de África e incluso en la frontera germánica. Por el valor de los restos arqueológicos (tamaño del templo, abundancia de esculturas, mosaicos, ánforas) se ha determinado que los habitantes gozaron de un buen nivel de vida. Sin embargo, la ciudad no dispuso de teatro, anfiteatro ni circo.

Sistema de gobierno

El gobierno de la ciudad seguía las formas que el imperio y la provincia otorgaba a las colonias de la misma época, un poder bastante autónomo. El municipio tenía jurisdicción sobre la ciudad en sí (urbs), y el área rural que la rodeaba (territorium). Las clases sociales, tan arraigadas en la Antigua Roma, se podían dividir entre ciudadanos (cives), aquellos nacidos en la ciudad o que habían obtenido la ciudadanía; domiciliados sin ciudadanía (incolae), residentes transitorios (hospites) y esclavos sin derechos. Ciudadanos y domiciliados pagaban impuestos municipales, aunque sólo los plenos ciudadanos podían ejercer puestos de gobierno. Sólo a partir del año 212, tras la aprobación de la Constitutio antoniniana de Caracalla, los domiciliados y resto de hombres libres de las provincias podían ejercer derechos de ciudadanía.

La curia municipal (ordo decuriorum), formada por un centenar de miembros (curiales), era una asamblea que trataba todos los aspectos de poder de la ciudad (políticos, administrativos, judiciales). La curia se renovaba cada 5 años, aunque para poder ejercerla se requería ser un hombre libre y poseer patrimonio. Dos representantes presidían la curia por un año, y disponían de poder civil, criminal y hasta militar. Los ediles (ædiles) vigilaban las calles e instituciones públicas. Otros funcionarios, elegibles cada 5 años, se encargaban del censo, patrimonios, finanzas y cultos ordinarios (sacerdotes o pontífices) o imperiales (sevires augustales), entre otras actividades.

Murallas
Busto de Claudio II.

Como ciudad de origen castrense, la fortificación de la plaza se protegía mediante una muralla. La primera muralla de Barcino, de fábrica sencilla, se comenzó a construir con la denominación de Colonia en el siglo I a. C.. Tenía pocas torres, sólo en los ángulos y en las puertas del perímetro amurallado. Las primeras incursiones de francos y alamanes a partir de los años 250 suscitaron la necesidad de reforzar las murallas. Bajo el mandato en el imperio, ya decadente, de Claudio II, Barcino inicia la construcción de mejores fortificaciones entre los años 270 y 300. La nueva muralla se construyó sobre las bases de la primera, y estaba formada por un muro doble de dos metros (hasta 8 metros en algunos tramos), con espacio en medio relleno de piedra y mortero (modernas muestras arqueológicas demuestran que también se utilizó de relleno esculturas, inscripciones y otros elementos arquitectónicos). El muro constaba de 81 torres de unos 18 metros de altura, la mayoría de base rectangular (diez con base semicircular, situadas en las portaladas). Las obras de mejora fueron de las más importantes hechas durante el Bajo Imperio en la Tarraconense, y constituyen una de las causas por las que Barcino tomó relevancia al empezar a compararse con Tarraco.

Foro

El forum era la plaza central dedicada a la vida pública y a los negocios. Se situaba en la confluencia entre el cardus maximus y el decumanus maximus, aproximadamente en el centro del recinto amurallado. En el foro se concentraban las construcciones dedicadas a los negocios, la justicia, las termas o baños públicos, etc, y era el lugar donde las autoridades se reunían en la Curia y la Basilica. El recinto del foro no ha estado claramente delimitado, pero parece coincidir aproximadamente con la actual plaza de San Jaime.

Templo
Restos de las columnas del Templo de Augusto en la actualidad.

El templo de Barcino estaba dedicado a Augusto, primer emperador y fundador de la Barcino romana. Fue construido pocos años después de la fundación de la ciudad, probablemente a principios del siglo I d. C. Era un edificio de planta rectangular, sobre podium, hexástilo y períptero, de unos 35 metros de largo por 17,5 de ancho, unas dimensiones considerables para la ciudad. Entre la columnata de orden corintio se situaba la cella, un habitáculo que contenía la imagen o escultura del emperador Augusto, accesible desde el foro. Las ceremonias no se hacían en el interior del templo sino en el exterior, en el mismo forum, hacia la fachada principal del templo. Parece que, además del Templo de Augusto, el conjunto estaba presidido por uno o dos templos menores más.

Acueductos
Necrópolis romana, Plaza Villa de Madrid (Barcelona).

Dos acueductos conducían las aguas hacia Barcino. Uno de ellos traía el agua que caía desde Collserola, al noroeste, y otro desde el norte, tomando agua del río Besós. Ambos acueductos se unían enfrente de la puerta decumana de la ciudad (orientada hacia el noroeste, y actual Plaza Nueva). El agua era utilizada tanto para usos domésticos como para los baños públicos, que exigía gran cantidad de este recurso. Transcurrido su uso, una red de cañerías y alcantarillado expulsaba el agua hacia el mar.

Necrópolis

Se han hallado varios conjuntos de tumbas o necrópolis en el exterior del área amurallada, tal como era costumbre en la época. La necrópolis más importante descubierta cuenta con más de 70 tumbas de los siglos II y III, en la vía que se dirigía al Vallés. En la Plaza de la Villa de Madrid hay expuestos los restos de aras, estelas y cupas dispuestas a ambos lados de una vía sepulcral romana, descubiertas casualmente en 1954.

Termas

Las termas fueron edificadas por Lucio Minicio Natal y su padre, quienes las pagaron con su propio capital en el siglo II. Por desgracia, Lucio es un personaje poco conocido, a pesar de ser el único barcelonés conocido que participó y ganó los antiguos Juegos Olímpicos, además de ser una de las personas más prósperas políticamente hablando de la historia antigua de la ciudad.

Barcelona paleocristiana

Martirio de San Cucufate, de Aine Bru.

Las primeras comunidades cristianas comenzaron a establecerse pronto en la región: en 259 se creó la diócesis de Tarraco. En Barcino, hay constancia de una primitiva comunidad y obispo propio entre 260 (primeras incursiones francoalamanas alrededor del 270) y principios del siglo IV.

A principios del siglo IV surgen las veneraciones a cristianos martirizados durante la persecución de Diocleciano. Es el caso de san Cucufate (Sant Cugat en catalán), personaje de origen africano que había estado evangelizando en varias áreas de la actual Cataluña (Barcino, Egara, Illuro, Emporion), y que fue asesinado alrededor del Castrum Octavium (actual San Cugat del Vallés). Otras veneraciones, como las de santa Eulalia o san Severo, son de referencias más confusas; la santa Eulalia de Barcino parece ser un desdoblamiento de la santa Eulalia de Emerita Augusta. No es hasta el Edicto de Milán, en 313, que se dejó de perseguir y sancionar creencias ajenas al Imperio, especialmente el cristianismo.

Cabe suponer que alguna comunidad judía estaba establecida en la ciudad durante el siglo IV. Caracalla permitió a partir de 212 la libertad para construir edificios de culto de judíos en el Imperio al considerarles ciudadanos. Algunos hallazgos en la Sinagoga Mayor de Barcelona hacen creer en un templo primitivo judío en el mismo emplazamiento, y posiblemente afirmar que se trataría de la primera sinagoga de la península Ibérica, segregada de actividades propiamente cristianas.

El primer obispo conocido de Barcino fue Pretextato, que en el año 347 asistió al sínodo antiarriano de Sárdica (o Serdica, actual Sofía, Bulgaria), con Osio (Hosius) de Corduba. Le siguió el obispo Lampi (393-400). En esta época se inició la construcción de un templo paleocristiano, la basílica de la Santa Cruz, origen de la actual catedral.

Parece ser que el siglo IV fue una época tranquila y pacífica. Por las necrópolis se ha establecido que la ciudad amurallada estaba bastante poblada. Se deduce un buen nivel económico por los escritos del obispo Paciano. Posteriormente conocido como san Paciano, dirigió la diócesis entre el 360 y 390, y es conocido por sus escritos contra los errores de los noviciados y sobre el bautismo y la penitencia. El obispo también advirtió de los peligros morales de una vida demasiado lujosa y cómoda, y de practicar ritos paganos en fin de año. A finales de siglo, los municipios bajo el poder de Roma comenzaron a perder poder, en demanda por el Imperio de más recursos económicos, lo que finalmente derivó en la ruralización de parte de la población y un moderado autogobierno de la ciudad.

Finalmente, tras la muerte de Teodosio I (379-395), se produce la separación definitiva del Imperio romano en dos, el Imperio romano de Oriente y el Imperio romano de Occidente. Teodosio I convirtió el cristianismo en la religión oficial del estado.

Barcelona visigoda

Ataúlfo, rey visigodo que situó la capital de su reino en Barcelona.

El inicio del siglo V representó el principio de la ya difícil existencia del Imperio de Occidente. Los visigodos, una rama de los pueblos godos, irrumpieron en el Imperio por los Balcanes y se afincaron hacia el oeste. Otros pueblos bárbaros, como los vándalos, los suevos y los alanos, entraron en la península Ibérica por el Pirineo Oriental en 409, tomando varias provincias del oeste y sur de la Hispania. Posteriormente, al mando de Alarico I, los visigodos saquearon Roma en agosto de 410.

El sucesor de Alarico, su hermanastro Ataúlfoarriano–, se casó con Gala Placidia en 414 tras haberla secuestrado en Roma, y dirigió a los visigodos entre 410 y 415. Tras el saqueo de Roma, los visigodos se asentaron al sur de la Galia, pero con la constante presión de los ejércitos romanos (410-414, derrota en Narbona) tuvieron que cruzar los Pirineos, entrando en la Tarraconense y estableciendo en Barcino una modesta corte. La capitalidad apenas duró unos meses, pues Ataúlfo murió asesinado en su palacio de la ciudad por el esclavo Dubius de Sigerico (o Barnolfo), enemigos de Ataúlfo.[5] Le siguió Sigerico (por 7 días) y después Walia. Hacia 416 se les permitió entrar en Hispania para controlar a los otros pueblos bárbaros establecidos, en calidad de fœderati de Roma. Walia reconquistó gran parte de la Hispania, por lo que el emperador Flavio Honorio permitió a los visigodos –bastante romanizados ya (o “civilizados”)–, acceder a la Aquitania y la Gallia Narbonensis a partir de 417 para establecer su territorio. Walia estableció corte estable en 417 en Toulouse.

Algunos usurpadores de Roma, como Máximo de Hispania (409-411 y/o c. 418-422) y Sebastián (444), escogieron como capital Barcelona. Máximo llegó a acuñar moneda de carácter imperial (y no provincial).[6] Durante el reinado de Eurico (466-484) se declaró el reino de los visigodos independiente de Roma. Finalmente, tomó la Tarraconense (470-475, y forzó con Odoacro deponer al último emperador romano de Occidente, Rómulo Augústulo en 476.

A la muerte de Alarico II luchando contra los francos en 507, su hijo ilegítimo y sucesor Gesaleico replegó su reino y lo concentró en Hispania. Su reino duró hasta 511 e hizo capital del territorio a Barcelona. Le sucedió Amalarico y la regencia de Teodorico el Grande, que establecieron corte en Narbona. Su sucesor, Teudis, volvió a establecer la corte en Barcelona, hasta el año de su muerte en 548. Finalmente, tras sedes poco estables, Leovigildo fijó capital estable en Toledo en 573. Una rebelión iniciada por el duque Paulo por hacerse con el poder a título de rey en Narbona en 673 incluyó aproximadamente los territorios de Septimania y Cataluña y, por tanto, Barcelona, aunque fue apaciguada por el rey visigodo Wamba. Su reinado duró hasta 680 y le siguió Ervigio, que reformó el Liber Iudiciorum y promulgó reformas contra los judíos. El estado visigodo se derrumbó con el desembarco musulmán de Gibraltar en 711.

La ciudad durante el periodo visigodo

Ya desde el final del Imperio la ciudad había destacado en la Tarraconense, y parece que tuvo bastante importancia entre los visigodos por establecer corte y capital en varios periodos (Ataúlfo, Máximo, Gesaleico, Teudis). Las causas parecen ser la fortaleza de su muralla, los ejes de comunicaciones y un posicionamiento fronterizo de la Hispania cercano de la Galia, y de los ostrogodos en los territorios que iban restando del Imperio en la actual Italia.

En general, el periodo visigodo en Barchinona es bastante desconocido. Parece que la ocupación del territorio por los visigodos fue pacífica y que los ciudadanos no abandonaron la forma de vida romana y paleocristiana de forma agresiva, en parte porque los visigodos también estaban bastante romanizados. En la ciudad, los visigodos no constituyeron una población importante, y sólo ocuparon puestos de poder como la guarnición militar y las autoridades. Estas autoridades fueron el conde (comes civitatis) y su vicarius, que ejerció el poder civil y militar tanto en la ciudad como en el territorium (considerado un área mayor que el territorium romano), así como el obispo, responsable del ámbito religioso. Se considera un periodo de prosperidad económica (especialmente a finales del siglo VI), debido a la influencia que mantuvo y a las monedas acuñadas en la ciudad. Fue ceca de Leovigildo, de monedas de oro de imitación bizantina, y de otros sucesores hasta Witiza, que derivaron en monedas propiamente visigodas.

Los primeros visigodos que ocuparon la ciudad eran arrianos, mientras que la ciudad, por tradición hispanorromana, era católica. A los indígenas se les toleró la religión, aunque les obligaron a trasladarse de su templo mayor, la Basílica, para oficiar en la iglesia de San Justo. Los visigodos transformaron la basílica en catedral arriana. Incluso durante el obispado de Nebridio se celebró un concilio católico de la provincia eclesiástica de la Tarraconense (540). Leovigildo persiguió a los católicos para convertirlos a su fe arriana, aunque posteriormente su hijo Recaredo hizo de la religión católica la oficial del territorio visigodo (589). Un Segundo Concilio católico se celebró en Barchinona en 599, en la Iglesia de la Santa Cruz, bajo el obispado de Ugern.

Hay pocos restos del periodo visigodo, en que la ciudad se mantuvo intramuros. Se conocen restos de un palacio edificado en el siglo V sobre el antiguo foro romano, posteriormente palacio episcopal. Otro palacio, tal vez donde fuera asesinado Ataúlfo, se descubrió bajo el actual Salón del Tinell, en la actual Plaza del Rey (Ciutat Vella), donde también se descubrió una necrópolis de la época (siglos VI-VII). También es posible ver la planta de la basílica paleocristiana del siglo IV, junto a la catedral actual.

Durante el periodo se hablaba un latín vulgar, posiblemente con pequeñas variantes autóctonas, y hebreo por parte de los judíos. Varias leyes y ordenanzas atentaron contra la población judía durante la época visigoda; en algunos momentos, según el rey, se prohibieron matrimonios con cristianos, se obligó a que fueran bautizados, fueron objeto de escarnio público o desprovistos de sus propiedades. Incluso durante el reinado de Wamba (672-680) la población judía debió ser considerable como para demandar al rey un edicto de expulsión de los sefardíes.

Durante el período visigodo el nombre de la ciudad tomó diversas formas posibles, surgidas de la voz latina Barcino: siguiendo las declinaciones latinas, se encuentran textos con las grafías Barcinone, Barcinonem, Barcinonam, Barcinona. En ocasiones aparece con una hache intercalada, como en italiano actual, para representar el sonido /k/, siguiendo la antigua pronunciación latina original. Así, aparece como Barchinona, Barchinonam, Barchinone. Con el tiempo, las declinaciones fueron desapareciendo, pero se mantuvieron esas formas, en detrimento de la original romana Barcino como nombre de la ciudad. Actualmente, para referirse a aquel periodo de la ciudad, suele referirse también por el genérico Barchinona.

Barcelona musulmana

Los musulmanes entraron en la península en 711. Durante ese año, en la parte norte de la Tarraconense estaba en el poder Agila II, un líder enemigo del también visigodo Rodrigo, por lo que se sirvió de los musulmanes para combatirle, hecho que evitó la conquista de la ciudad en el primer momento de la entrada musulmana a la península. Le siguió Ardón, que fijó residencia en Narbona y, tras oponer resistencia a los musulmanes, éstos, bajo el mando de Al-Hurr, conquistaron definitivamente el territorio entre 717 y 718. Mientras que Tarragona (Tarraco, طرخون -Tarrakuna-) fue devastada, la entrada en Barchinona fue pactada y sin resistencia.

El valí de Barcelona Sulayman ben al-Arabí, junto a otros valíes contrarios a Abderramán I, buscaron la ayuda de Carlomagno para contrarrestar el poder del Emirato de Córdoba en 777. El acuerdo no prosperó, y Sulayman fue capturado en Saraqusta. Durante la Batalla de Roncesvalles fue liberado y, de vuelta en Saraqusta, envió a su hijo Matruh ben Sulayman al-Arabí a controlar Barcelona y Gerona. A la muerte de su padre en 780 por el valí Husayn de Zaragoza dispuso la ciudad a favor del emirato de Córdoba, al que ayudó sitiando Zaragoza en 781. En 789 se rebeló de nuevo y tomó el control de Zaragoza y Huesca (Wasqa). A la muerte de Matruh en 792 tomó el poder en Barcelona Sadun al-Ruayni.

Sadun viajó a Aquisgrán en 797 para solicitar ayuda contra el Emirato de Córdoba –entonces bajo el control de Al-Hakam I– a Carlomagno, al que ofreció la ciudad. Éste envió a su hijo Ludovico Pío que, junto a otros nobles pretendía tomar la ciudad pacíficamente, ya en otoño de 801. Sadun no cumplió su palabra y se negó a entregar la ciudad, por lo que los francos atacaron Barcelona. El asedio fue largo, y Sadun escapó en busca de ayuda de Córdoba. Fue capturado, y tomó el poder Harun, último valí de Barcelona. Partidario de seguir defendiéndose del ataque franco, fue destituido por sus allegados y entregado a los francos probablemente el 3 de abril de 801.

El poder musulmán en la ciudad duró algo más de 83 años. Durante la ocupación musulmana, la ciudad fue conocida como برشلونة, Barshilūnatu (entre otras transliteraciones como Medina o Madīnatu [مدينة] Barshaluna, Bargiluna, Barxiluna). La presencia musulmana no intentó convertir a la población local, permitiendo la libertad de culto, y generalmente los ciudadanos recibieron un trato bastante favorable. Los valíes musulmanes habilitaron una guarnición militar en la ciudad y cobraron impuestos especiales a los no musulmanes, pero probablemente fueron menores que durante la época visigoda. El principal templo cristiano, la catedral, fue convertida en mezquita. El gobierno civil fue respetado y la ciudad conservó las autoridades tradicionales (conde y obispo cristiano, y jefe de la comunidad judía).

Barcelona carolingia

El período histórico de la ciudad bajo dependencia de la dinastía carolingia abarca desde la entrada a la ciudad de Ludovico Pío en 801 hasta la ofensiva dirigida por Almanzor en 985. El final de este período coincide con un declive importante del Imperio carolingio que, entre guerras internas, fue incapaz de controlar los territorios periféricos –o marcas–. La primera mitad de los prácticamente dos siglos que duró este periodo de dependencia del imperio franco, la ciudad restituyó las sedes de la mayoría cristiana y vivió con el constante temor de los ataques promovidos desde el Emirato de Córdoba. Ya a principios del siglo X el peligro descendió, y la ciudad se recluyó en sí misma. Este período más pacífico promovió una posterior apertura comercial y económica. A finales de siglo, la ciudad y el condado tendieron a un desligamiento hacia los francos mientras las relaciones con Córdoba y Roma fueron en aumento.

Entrada y poder de los francos

Tras la entrada solemne y pacífica en la ciudad el 28 de diciembre, Ludovico designó a un godo local, Bera, como conde (comes) de Barcelona. Recibió también el título de marqués al hacerse cargo del territorio fronterizo o marca (Marca Hispánica). El obispado pasó a depender de la sede metropolitana de Narbona. A pesar de estos cambios, la ciudad pudo mantener un régimen en el que se mantuvo el derecho propio visigodo. En 815, un ejército comandado por Ubayd Allah, tío de Al-Hakam I, se dispuso a conquistar la ciudad, pero antes de atacarla un ejército godo reclutado por Bera frustró el intento y obligó a los atacantes a retirarse. A la muerte de Odilón, conde de Gerona (que incluía los pagus de Besalú y Ampurias), Bera recibió el poder sobre esos territorios. Hacia 820 Bera y sus seguidores godos se sublevaron contra el poder carolingio, siendo finalmente depuesto y pasando sus territorios a manos del conde Rampón.

En 827 tropas musulmanas volvieron a asaltar la ciudad sin éxito. Sin embargo, varios años después, en 852, los musulmanes, probablemente bajo el mandato de Abd al-Karim ben Mugith tomaron la ciudad como represalia por la muerte a cargo de ciudadanos barceloneses de su aliado Guillermo de Septimania, enemigo de Alerán, conde durante la toma de la ciudad. Devastaron la ciudad durante la batalla, en la que Alerán debió morir en combate. De nuevo en 861, bajo el conde Hunifredo, tropas musulmanas atacaron Barcelona tras un tiempo de tregua. Conquistaron territorios próximos y asediaron la ciudad, aunque Hunifredo debió negociar y consiguió renovar la tregua –aunque bajo el consentimiento de Carlos el Calvo, rey de Francia–, que fue aceptada por Mohamed I, emir de Córdoba.

La unión del condado al Imperio carolingio ya estaba debilitada a finales de siglo. Tras ser depuesto el conde Bernardo II, el título lo recibió Wifredo I, llamado el Velloso (Guifré el Pilós), hijo de Sunifredo I, que también hubo poseído el título. Este cambio orientó el condado de nuevo a un linaje hispanogodo en lugar de franco. Al conde Wifredo a menudo se le pedía, fuera el obispo o la creciente comunidad ciudadana, un compromiso para su seguridad. Wifredo se mostró más interesado en los asuntos de poder que en la defensa ciudadana, y sus enemistades con los dirigentes de Lérida conllevó un ataque en 897 por parte del valí de esa ciudad Lop ibn Muhammad ibn Lop. Barcelona fue evacuada por la población civil debido al ataque, y el conde murió poco después contra el mismo valí en las inmediaciones de Navès. Tras Wifredo, el condado fue heredado por sus hijos Wifredo II Borrell y Suñer I, ya sin designación real franca. En 988, el hijo de Suñer, Borrell II hizo efectiva la independencia respecto a los reyes francos, y rehusó rendir vasallaje a Hugo Capeto, tras la nula ayuda que el anterior rey, Lotario, otorgó al condado para combatir el ataque de Almanzor.

El ataque de Almanzor

Tras varias incursiones por otros reinos y condados cristianos del norte de la Península Ibérica, Almanzor arribó a las inmediaciones de Barcelona a finales de junio de 985.[7] El primer día de julio, los musulmanes alcanzaron las murallas, que resistieron el feroz asedio hasta acceder a la ciudad el 6 de julio, tras 8 días de ataques intensos y acompañado por el bloqueo del puerto llevado a cabo por una importante flota dirigida por el almirante Abd al-Rahman ibn Rumahis.[8] El objetivo de las campañas de Almanzor era doble: por un lado, sustraer dinero y posesiones valiosas y, por otro, someter a la población local, incluso convirtiendo algunos como esclavos, que fueron llevados a Córdoba, por los que tal vez poder exigir tributos a los cristianos. La ciudad fue saqueada y prendida en fuego, junto con los monasterios, iglesias y la catedral (aunque se pudieron conservar algunos documentos). Muchos de los habitantes de la ciudad o del condado que se protegieron entre las murallas fueron hechos prisioneros, esclavos o asesinados. La ocupación duró unos seis meses. Entre los prisioneros hubo ciudadanos ricos e importantes, como el vizconde Udalardo, el arcediano Arnulfo, el juez Orús y el mercader Marcús. Su rescate fue largo y difícil.

La ciudad durante la época de los primeros condes

El condado era dirigido y gobernado directamente por el conde, que se ayudaba por un vizconde, mientras que las cuestiones de gobierno local de la ciudad las administraba un vicario o veguer, que también regía sobre el ámbito militar y la dirección de la policía. El obispo, que a menudo asumía la representación de la ciudad, se encargaba de los desvalidos y velaba por el cumplimiento de las capitulares condales. Hacia el 874 se halló en Santa María del Mar un cuerpo atribuido a santa Eulalia, y se trasladó el cuerpo a la catedral. La catedral paleocristiana del siglo IV fue restaurada tras la llegada de los francos, y en las obras intervino el obispo Frodoí (hacia el 877).[9] Durante los aproximadamente dos siglos que duró la influencia carolingia en Barcelona, la ciudad contaba además de la catedral con las iglesias urbanas de Sant Just, Sant Miquel y Sant Jaume, además de las localizadas extramuros de Santa Maria del Pi, Santa Maria del Mar, Sant Julià de Montjuïc, el monasterio benedictino de Sant Pau del Camp y de monjas benedictinas de Sant Pere de les Puel·les).

Los judíos formaban una comunidad importante que se asentaba en el Call, y disponían de un cementerio en Montjuïc. Ellos constituían un núcleo activo que se dedicaba a la medicina, el comercio, la pequeña industria, y potenciaron las relaciones con al-Ándalus. El ámbito marítimo estaba a manos de los cristianos, y se desarrolló comerciando entre varios puertos mediterráneos musulmanes.

El desarrollo de la agricultura en el llano de Barcelona se fraguó en la construcción, a mediados del siglo X –y seguramente por el conde Miró–, de dos canales de agua que dirigían las aguas del río Llobregat y del Besós a las inmediaciones de la ciudad: la del Besós era conocida como Rec Comtal o Regomir, y era paralela a la strata francisca, una vía que suponía una variante de la antigua Via Augusta romana, y que fue construida por los francos para aproximar mejor la ciudad al centro del imperio carolingio.

Véase también: Anexo:Condes de Barcelona

Edad Media

Creación del escudo de Barcelona, de Claudi Lorenzale.

Con el paso del tiempo, el condado fue adquiriendo una independencia práctica respecto del reino carolingio, que se oficializaría en el año 988, con el conde Borrell II.[10] El establecimiento del estado feudal en Cataluña a lo largo del siglo XI no impidió que el Condado de Barcelona adquiriese preeminencia sobre el resto de condados de la Marca. Así, Barcelona se convertiría en uno de los centros políticos, económicos, sociales, culturales y comerciales de un territorio que comprendía no sólo la actual Cataluña, sino el conjunto de estados que conformaron la antigua Corona de Aragón (Cataluña, Aragón, Valencia, Baleares, Rosellón, Cerdeña, Nápoles, Atenas y Neopatria). Barcelona llegaría a ser una de las principales potencias mediterráneas en los siglos XIII, XIV y XV, en competencia con Génova y Venecia. Durante el transcurso de estos siglos de esplendor la Bandera de Barcelona nació como un símbolo de la ciudad.

Barcelona medieval

En el contexto del feudalismo medieval, Barcelona gozó de unos notables privilegios, concedidos primero por los reyes francos y, posteriormente, por los condes catalanes. Los barceloneses eran hombres libres, pudiéndose dedicar sin trabas a sus actividades artesanales y comerciales. Este hecho, junto al factor protector de su muralla y una envidiable situación geográfica, convirtieron a la ciudad en motor del Principado de Cataluña y en una de las ciudades más pujantes de la Corona de Aragón.

A lo largo del siglo XI el Condado de Barcelona efectuó una rápida expansión territorial con los territorios ganados a los musulmanes, lo que otorgó una gran prosperidad a la ciudad con los tributos de estos terrenos feudatarios. El círculo defensivo de la ciudad se amplió a las poblaciones colindantes, siendo ejemplo de ello la construcción del castillo de Eramprunyà, en la localidad de Gavà. El conde de Barcelona adquirió la primacía sobre el resto de condes (principatus, de donde viene la denominación Principado de Cataluña). Los matrimonios de Ramón Berenguer III con Dulce de Provenza (1112) y de Ramón Berenguer IV con Petronila de Aragón (1137) sentaron las bases de un amplio territorio, la Corona de Aragón. Sus sucesores ampliaron el reino con las conquistas de Valencia y Baleares, así como diversos territorios por el mar Mediterráneo (Cerdeña, Nápoles, Atenas, etc) que forjarían un auténtico imperio, hegemónico en el mediterráneo occidental durante la Edad Media.[11]

La prosperidad ganada con la expansión territorial propició los primeros asentamientos extramuros de la ciudad, una vez alejado el peligro de las incursiones musulmanas. Se crearon diversos núcleos de población (vila nova), generalmente en torno a iglesias y monasterios: así ocurrió alrededor de la iglesia de Santa Maria del Mar, donde se creó un barrio de carácter portuario; igualmente en la iglesia de Sant Cugat, en la zona del Besós, de carácter agrario; el barrio de Sant Pere en torno a Sant Pere de les Puel·les; el barrio del Pi surgió alrededor del iglesia de Santa Maria del Pi; y el Mercadal, en torno al mercado del Portal Mayor. La creación de estos nuevos barrios obligó a ampliar el perímetro amurallado, construyéndose en 1260 una nueva muralla desde Sant Pere de les Puel·les hasta las Drassanes (Atarazanas), cara al mar. El nuevo tramo era de 5.100 metros, englobando un área de 1,5 km2. El recinto contaba con ocho nuevas puertas, entre las que se encontraban varios enclaves de relevancia en la actualidad, como el Portal del Ángel, la Portaferrissa o la Boquería. El perímetro contaba con ochenta torres.

La ciudad fue durante la Edad Media un importante enclave comercial, tanto por su situación entre el reino carolingio y los dominios musulmanes (que fue disminuyendo conforme avanzaba la Reconquista), como en su proyección hacia el mar. En el área portuaria era corriente la ubicación de mercaderes de variada procedencia, sobre todo genoveses, pisanos, griegos y egipcios. Asimismo, mercaderes barceloneses establecieron delegaciones comerciales con Génova, Nápoles, Cerdeña, Argel, Túnez, Alejandría y Constantinopla.

Nuevas instituciones

El crecimiento económico y social de la ciudad propició desde el siglo XII el establecimiento de diversos órganos de autogobierno y de fuentes propias de legislación urbana. Así, en 1228, se promulgaron los Usatges de Barcelona, código legislativo que sería la base jurídica para el gobierno de la ciudad, regido hasta entonces por los viejos códigos romano y visigodo. Los Usatges pasaron posteriormente de la ciudad al resto del territorio, sentando las bases del derecho catalán. Se conserva un manuscrito en latín, del siglo XII, apareciendo en versión catalana en el siglo XIII.

El gobierno de la ciudad estaba en manos del veguer, ayudado por el baile (alguacil), y asesorado por un consejo de notables, así como –en ocasiones–, una asamblea de vecinos, el consell de ple. Pero al ir creciendo la ciudad, aumentó la representación ciudadana, hasta que en 1258 Jaime I creó una nueva estructura de gobierno municipal, compuesta por cuatro veguers, que estaban asistidos por ocho consejeros y una asamblea de jurados (ciudadanos que representaban los diversos estamentos y gremios de la ciudad). Inicialmente, esta asamblea contaba con doscientos jurados, pero en 1265 fue reducida a cien, dando nombre al gobierno municipal desde entonces: Consell de Cent (Consejo de Ciento), que perduró hasta 1714.[12]

Portada de las Usatges de Barcelona.

A nivel comercial, en 1258 se creó el Consolat del Mar (Consulado del Mar), agrupación de armadores y comerciantes que regulaba el comercio marítimo y la reglamentación portuaria. Esta asociación creó su propia legislación mercantil, recogida en el siglo XIV en el Llibre del Consolat de Mar, el primer código marítimo conocido a nivel mundial, que sentó las bases del comercio marítimo en todo el Mediterráneo.[13]

En 1364 estableció su sede en Barcelona la Generalidad –cuyos antecedentes están en 1289 en la Diputació del General de Catalunya–,[14] [15] organismo encargado de recaudar tributos y supervisar el cumplimiento de los acuerdos tomados en Cortes –lo que en la práctica equivalía al gobierno ejecutivo del reino–. Aunque su ámbito era todo el territorio catalán, su ubicación en Barcelona comportó un cierto control sobre los asuntos urbanos. Entre otras funciones de la Generalidad figuraban cometidos militares vinculados a la defensa, orden público y mediación en disputas judiciales (algo parecido a un Tribunal Supremo).

Por último, en 1401 se creó la Taula de Canvi de Barcelona (Mesa de Cambio), el primer banco público creado en Europa. La Taula tenía por objetivo favorecer el cambio de moneda para las transacciones comerciales, al tiempo que servía de depósito de todos los caudales públicos y judiciales. Estaba regida por dos administradores elegidos por dos años, que debían depositar una fianza de 6.000 florines de oro para garantizar su buena gestión. La Taula mantuvo sus funciones con éxito hasta ser disuelta por Felipe V en 1714.

Esplendor medieval

Misal de Santa Eulalia, de Ramon Destorrents (1401-05, Catedral de Barcelona).

Desde el siglo XIII Barcelona, en paralelo a la Corona de Aragón, gozó de un periodo de gran esplendor, motivado por la expansión territorial (conquista de Valencia, Baleares, Sicilia, Cerdeña, Nápoles y los ducados de Atenas y Neopatria), así como la expansión comercial por el Mediterráneo: Túnez y Argel, donde se comerciaba en oro y esclavos; Sicilia y Cerdeña, que aportaban trigo y sal; Constantinopla, donde se obtenía algodón y especias; Chipre, Damasco y Alejandría, otra fuente de especias.

El continuo crecimiento urbanístico propició una nueva prolongación del recinto amurallado, con la construcción de la muralla del Raval, en la zona occidental de la ciudad, que englobó una superficie de 218 ha, con un perímetro de 6 km. Las obras duraron alrededor de un siglo, desde mediados del siglo XIV hasta mediados del XV. El nuevo recinto urbano partía de las Drassanes, siguiendo las actuales rondas (Sant Pau, Sant Antoni, Universitat y Sant Pere), bajando por el actual Paseo Lluís Companys hasta el monasterio de Santa Clara (en el actual Parque de la Ciudadela), hasta el mar (por la Avenida Marqués de Argentera). Actualmente sólo se conserva el Portal de Santa Madrona, en las Drassanes.[16]

En el ámbito artístico, es la época de esplendor del gótico: se construyó la Catedral de Barcelona, las iglesias de Santa Maria del Mar, Santa Maria del Pi, Santos Justo y Pastor, el monasterio de Santa Maria de Pedralbes, etc. También se desarrolló notablemente la arquitectura civil, sobre todo en palacios y edificios públicos, como el Palau Reial Major, el Palacio de la Generalidad, el Hospital de la Santa Cruz, las Atarazanas Reales, la Lonja y la Casa de la Ciudad.[17]

La decadencia

Con la extinción de la Casa de Aragón-Barcelona y el advenimiento de los Trastámara, Barcelona entró en un periodo de decadencia, acentuada por los diversos brotes de peste y las hambrunas. Desde mediados del siglo XIV Barcelona vivió una crisis demográfica motivada por la escasez de alimentos y una prolongada sucesión de pestes que diezmaron la población. El comercio decayó debido a la piratería y la apertura de la ruta a Oriente por el Atlántico, hecho que, junto al endeudamiento de la monarquía y las revueltas campesinas, generalizaron un ambiente de crisis económica. El rey Alfonso el Magnánimo fijó la corte en Nápoles alejándose de los intereses peninsulares e iniciando una política imperialista situada muy por encima de sus posibilidades, que agravó la crisis.

Desde 1333, primer año de hambre debido a unas malas cosechas, se sucedieron los desastres: en 1348 la peste negra asoló la ciudad, reapareciendo cíclicamente hasta finales del siglo XV: 1363, 1371, 1396, 1410, 1429, 1439, 1448, 1466, 1476, 1483, 1494 y 1497. En siglo y medio, la población se redujo en unos 10.000 habitantes. Además, el 2 de febrero de 1428 la ciudad padeció un terremoto, que dejó un saldo de veintidós fallecidos. Durante este tiempo se sucedieron las revueltas populares, propiciando la creación de dos facciones enfrentadas: la Biga, grupo ligado a la oligarquía noble y eclesiástica; y la Busca, estamento de las clases populares, mercaderes y artesanos. En 1453 la Busca accedió al gobierno municipal, propulsando una serie de reformas como la democratización del gobierno municipal, la devaluación de la moneda y el proteccionismo comercial. Tras siete años de gobierno, la Biga, apoyada por la Generalitat, retomó el poder municipal, iniciando una política revanchista que conllevó la ejecución de diversos dirigentes de la Busca. Sin embargo, la reina, Juana Enríquez, que había estado vinculada a la Busca, tuvo que huir a Gerona, donde fue sitiada por las tropas de la Generalitat. Al ser socorrida por el rey Juan II –que al entrar militarmente en Cataluña transgredió un acta constitucional–, se inició una guerra civil entre el rey y la Generalitat (1462-1472), que acabó con la toma de Barcelona por el ejército real en 1472. La Paz de Pedralbes preservó los privilegios del gobierno municipal, pero diez años de guerra supusieron el hundimiento económico de la ciudad.[18]

Edad Moderna

Barcelona en 1563.

La decadencia de la época bajomedieval se prolongaría a lo largo de los siglos siguientes: las tensiones derivadas de la unión dinástica con Castilla, iniciada con el matrimonio entre Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla, alcanzó su momento álgido con la Guerra dels Segadors, entre 1640 y 1651 y, más tarde, con la Guerra de Sucesión (1701-1714), que significó la desaparición de las instituciones propias de Cataluña.

La Barcelona gremial

Durante los siglos XVI y XVII adquirieron cada vez mayor relevancia en la actividad económica de la ciudad –y, consiguientemente, en el gobierno municipal– los gremios y cofradías, instituciones de origen medieval pero que cobraron protagonismo en este periodo de la historia en el que, si bien España florecía con el descubrimiento y posterior conquista de América, Cataluña –y, por ende, Barcelona– sufrieron un periodo de cierto letargo. Los gremios, surgidos a partir del siglo XIII, eran asociaciones profesionales que regulaban la práctica de los diversos oficios artesanales de la época, tanto a nivel profesional como económico y social, instaurando un estricto reglamento para controlar la producción y los precios, así como para evitar la competencia y el monopolio. También controlaban la formación y la graduación de sus miembros (por orden jerárquico: aprendices, oficiales y maestros). Con el tiempo fueron adquiriendo peso en el gobierno municipal, logrando en 1641 una representación de dos consellers en el consistorio.

Es de remarcar que durante la Edad Moderna, al contrario que en el resto de Europa, donde predominaban las clases aristocráticas, en Barcelona destacaba la clase media, que gozaba de prestigio y prosperidad, y donde un simple artesano podía llegar a regir el gobierno de la ciudad. El humanista italiano Lucio Marineo Sículo, de visita en Barcelona a finales del siglo XV, escribió lo siguiente:

Las personas de cualquier edad se daban a las artes, ya fuesen liberales o mecánicas, que registraban un gran florecimiento. No había paseantes, es decir, gentes ociosas y sin oficio, pues todas tenían su ocupación y por eso no había hombres de mala vida ni pobres, y los ciudadanos vivían correctamente y les sobraba caudal”.[19]

Durante los siglos XV y XVI se construyó un puerto artificial que cubriese por fin las necesidades del importante centro mercantil que era Barcelona: paradójicamente, durante la época de esplendor del comercio catalán por el Mediterráneo, Barcelona no contaba con un puerto preparado para el volumen portuario que era habitual en la ciudad. El antiguo puerto al pie de Montjuïc había sido abandonado, contando la ciudad únicamente con la playa para recibir pasajeros y mercancías; los barcos de gran calado debían descargar mediante barcas y mozos de cuerda. Por fin, en 1438 se obtuvo el permiso real para construir un puerto: en primer lugar, se hundió un barco cargado de piedras para servir de base al muro que unió la playa con la isla de Maians; reforzado el muro en 1477, se alargó en forma de espigón en 1484. A mediados del siglo XVI se amplió el puerto ante la campaña iniciada por Carlos I contra Túnez; a finales de siglo, el muelle contaba con una longitud de 180 metros por 12 de ancho. Nuevas obras de mejora en el siglo XVII dieron por un fin un puerto en condiciones para la ciudad.

El Corpus de sangre

Desde la unión de Castilla y Aragón con los Reyes Católicos, Cataluña fue marginada por la nueva casa reinante, los Austria, sobre todo desde el reinado de Felipe II, que impidió la total recuperación del principado tras los desastres económicos y demográficos del siglo XV. Este clima de enfrentamiento entre la monarquía española y las clases dirigentes catalanas tuvo su apogeo durante el reinado de Felipe IV: hastiados de los abusos cometidos por las tropas mercenarias del rey establecidas en Cataluña, y sofocados por los impuestos abusivos dictados por el conde-duque de Olivares, el 7 de junio de 1640 se produjo en Barcelona una rebelión popular –conocida como el Corpus de sangre–, origen de la llamada Guerra dels Segadors (Guerra de los Segadores, 1640-1651) –llamada así por contar mayoritariamente entre sus miembros con el campesinado catalán–. Dirigida por el presidente de la Generalidad, Pau Claris, y bajo el lema visca la terra i muira lo mal govern (viva la tierra y muera el mal gobierno), los rebeldes catalanes, ayudados por Francia, combatieron contra las tropas de Felipe IV. Sin embargo, el descontento con la ayuda prestada por Francia, y el avance de las tropas castellanas, provocaron la capitulación de Barcelona en 1652. El rey promulgó una amnistía general y acató la constitución catalana, aunque la guerra con Francia continuó hasta la Paz de los Pirineos (1659), por la que la Monarquía Hispánica perdió el Rosellón y el norte de la Cerdaña.[20]

La Guerra de Sucesión

Asalto final de las tropas borbónicas sobre Barcelona el 11 de septiembre de 1714.

La paz momentánea con la Monarquía Hispánica duró poco tiempo: la muerte sin descendencia del rey Carlos II provocó un conflicto sucesorio que dio origen a la Guerra de Sucesión (1701-1714), donde intervinieron las principales potencias europeas (Francia en defensa del pretendiente Felipe de Borbón –futuro Felipe V–, y Alemania, Gran Bretaña, Países Bajos y Portugal a favor de Carlos de Austria –futuro emperador Carlos VI–). En España, Castilla se puso a favor de Felipe, mientras que Cataluña optó por Carlos, que en 1706 fue proclamado rey Carlos III por las Cortes Catalanas. Sin embargo, el éxito de la ofensiva francesa, y la retirada del pretendiente austriaco tras su entronización como emperador en 1711, dejaron sola a Cataluña, que, tras un sitio prolongado, fue derrotada tras la conquista de la ciudad condal el 11 de septiembre de 1714, tras una heroica resistencia (fecha que ha quedado desde entonces como diada nacional). Cabe destacar el papel efectuado en la defensa de la ciudad por la Coronela, milicia gremial que contaba con unos 3.000 efectivos, que lucharon de forma disciplinada y con sorprendente valentía.[21]

La Barcelona borbónica

Plano francés de 1698 de la ciudad de Barcelona, con indicaciones para un plan de asedio.

La derrota supuso para Barcelona la pérdida de sus fueros y sus órganos de autogobierno: con los Decretos de Nueva Planta (1716) se abolió la Generalidad, así como el Consell de Cent, pasando el gobierno de la ciudad a una junta de 24 regidores de designación real y por tiempo indefinido; la Taula de Canvi se convirtió en un banco privado; el Consolat de Mar continuó como entidad, pero perdiendo casi todos sus recursos financieros. El cambio de moneda comportó un grave perjuicio a la economía ciudadana, provocando la caída de precios y salarios. Con el fin de controlar militarmente la ciudad y sofocar posibles disturbios, se reconstruyó el castillo de Montjuïc y se levantó una nueva fortaleza, la Ciudadela, para la que se derruyeron 1.200 casas del barrio de Ribera (quedando 4.500 personas sin casa y sin indemnización), así como los conventos de Sant Agustí y Santa Clara, y se desvió el Rec Comtal. Para su construcción se empleó a los prisioneros que habían participado en la defensa de la ciudad.[22]

Pese a ello, el tradicional carácter laborioso del pueblo barcelonés propició una rápida reactivación económica, basada en el crecimiento demográfico ( de 30.000 habitantes en 1717 a 130.000 a finales de siglo) y en los nuevos procedimientos industriales que comportó la Revolución Industrial, de la que Cataluña fue pionera en el estado español. Se abrió el comercio con América, que resultó muy fructuoso para la ciudad (en 1745, la fragata Nostra Senyora de Montserrat fue la primera nave catalana en recalar en América). En 1756 se fundó la Real Compañía de Comercio de Barcelona, que obtuvo el monopolio comercial con Puerto Rico, Santo Domingo y la isla de Margarita. En 1765 Carlos III firmó un real decreto que autorizaba al puerto de Barcelona a comerciar directamente con el Caribe y, en 1778, con toda América, dando origen a una intensa relación comercial sobre todo con la isla de Cuba, donde muchos comerciantes catalanes (conocidos como indianos) se hicieron ricos, riqueza que trajeron de vuelta a la ciudad. Barcelona exportaba sobre todo vino, aguardiente, frutos secos y manufacturas textiles, e importaba azúcar, café, cacao, algodón y tabaco.

A nivel urbano, hay que remarcar la construcción en 1753 del barrio de la Barceloneta, promovida por el Marqués de la Mina, el cual también reparó y amplió el puerto y fomentó la instalación del primer alumbrado público. Entre 1776 y 1778 se realizó la urbanización de la Rambla, y se crearon los paseos de Gracia y de San Juan. Como edificios, cabe destacar la construcción de la nueva sede de la Llotja (Lonja), así como la nueva Aduana y, a nivel religioso, la construcción de la Basílica de la Mercè (patrona de la Diócesis de Barcelona). Por último, a nivel cultural, conviene recordar la fecha del 1 de octubre de 1792 como la de la aparición del primer periódico editado en la ciudad, el Diario de Barcelona.

Siglo XIX

Vista del puerto de Barcelona con la montaña de Montjuïc al fondo (1850).

El siglo XIX fue de un gran crecimiento para la ciudad, tanto a nivel demográfico como económico y urbanístico. El plan de ensanche y la anexión de varios municipios colindantes supusieron una gran ampliación del perímetro urbano. El proceso de industrialización y modernización de las infraestructuras y los servicios urbanos comportaron un cambio radical en el nivel de vida (electrificación, alumbrado público, canalizaciones, transportes), que ganó en confort y calidad de vida. Sin embargo, a nivel social, se vivió una época de gran conflictividad social, provocada por la lucha de clases originada por la gran diferencia de nivel de vida entre la clase obrera y la burguesía. La cultura experimentó una gran revitalización, resurgiendo el idioma catalán a nivel literario, mientras que el modernismo fue la expresión artística por excelencia de la nueva sociedad barcelonesa.

Guerra del Francés y fin del Antiguo Régimen

Plano de Barcelona (1806).

Los sucesos de la Revolución Francesa tuvieron amplia difusión en la capital catalana, cercana a la frontera con el país galo. La guerra contrarrevolucionaria iniciada por Carlos IV afectó la buena marcha de la economía barcelonesa. Tras la ocupación de la península por las tropas de Napoleón en 1808, que dio origen a la Guerra de la Independencia (aquí llamada Guerra del Francés), Barcelona fue declarada capital del Departamento de Montserrat. Es de destacar el episodio sucedido el 9 de marzo de 1809, cuando la ciudad estaba a punto de ser liberada por Joan Clarós, cuando un temporal lo impidió. Tras la derrota de las tropas napoleónicas, el reinado de Fernando VII supuso la reinstauración del absolutismo.[23]

Sin embargo, las ideas liberales aportadas por los franceses calaron en la población, siendo desde entonces Barcelona un importante centro difusor del liberalismo. En 1820, una revuelta popular en la Plaza del Palau obligó al general Castaños a proclamar la Constitución. Sin embargo, en 1823, con ayuda francesa, el rey retornó de nuevo al absolutismo, aunque esta nueva singladura –que se prolongó por diez años– evidenció lo caduco de un sistema superado por nuevos factores sociales como el auge de la burguesía y el inicio de la era industrial, que sucedía al sistema preferentemente agrario en que se basaba el Antiguo Régimen. Finalmente, el advenimiento de Isabel II, apoyada por los sectores liberales frente a los más conservadores de la facción carlista que se opuso a su entronización, favoreció el avance social y la democratización del sistema político.[24]

Bombardeo desde el castillo de Montjuïc (3 de diciembre de 1842).

Pese a ello, las disputas entre los sectores moderados y progresistas dentro del partido liberal provocaron diversos enfrentamientos. En Barcelona, este clima de tensión produjo numerosos disturbios, que se solían traducir en una abierta hostilidad hacia la nobleza y el clero: en 1835, a raíz de una protesta popular por la mala calidad de los toros de una corrida, los sublevados quemaron los conventos de Santa Caterina, Sant Josep, Sant Francesc, Sant Agustí, los Trinitarios y el Carme, así como el asesinato del general Bassa. En 1842, debido a la disputa por el poder entre la reina Isabel y el general Espartero, se produjo una revuelta que fue sofocada por este último con un bombardeo desde el castillo de Montjuïc (3 de diciembre de 1842), que duró doce horas y destruyó 400 casas. Igualmente, en 1843, hubo varios bombardeos desde el 7 de septiembre hasta el 19 de noviembre, a cargo del general Prim, que no cesó hasta que se rindió la Junta que había tomado el poder en la ciudad.[25]

Industrialización

Tranvía de la línea Barcelona-Gracia (1872).

La Revolución Industrial tuvo una rápida implantación en Cataluña, siendo pionera en el territorio nacional en la implantación de los procedimientos fabriles iniciados en Gran Bretaña en el siglo XVIII. En 1737 se creó en Barcelona la primera fábrica de manufacturas textiles, la de Esteve Canals. A esta sucedieron diversas fábricas instaladas en el Raval y extramuros, como la de Erasme de Gònima, que llegó a tener mil trabajadores. A finales de siglo se introdujeron nuevas máquinas movidas por energía hidráulica. En 1800 había en Barcelona 150 fábricas del ramo textil, destacando El Vapor, fundada por Josep Bonaplata. En 1849 se abrió en Sants el complejo La España Industrial, propiedad de los hermanos Muntadas. La industria textil tuvo un continuo crecimiento hasta la crisis de 1861, motivada por la escasez de algodón debida a la Guerra de Secesión norteamericana.

También fue cobrando importancia la industria metalúrgica, potenciada por la creación del ferrocarril y la navegación a vapor. En 1836 abrió la fundición Nueva Vulcano, en la Barceloneta; y en 1841 arrancó La Barcelonesa, antecedente de La Maquinista Terrestre y Marítima (1855), una de las más importantes fábricas de la historia de Barcelona. Cabe destacar que de Barcelona partió la primera línea de ferrocarril del estado español, que comunicaba la ciudad condal con la villa de Mataró. El viaje inaugural fue el 28 de octubre de 1848. Posteriormente se crearon las líneas a Granollers (1854), Sabadell-Tarrasa (1855) y Martorell (1859).[26]

Los nuevos procesos industriales supusieron un aumento de la conflictividad laboral, ya que los trabajadores temían ser sustituidos por las nuevas máquinas. Así, por ejemplo, el 14 de julio de 1854, al abrigo de una nueva revuelta liberal, varios obreros saquearon fábricas y quemaron maquinaria industrial. Poco a poco fue ganando terreno un nuevo sentimiento de clase que propició el asociacionismo obrero: en 1840 se fundó la Asociación Mutua de la Industria Algodonera, primera entidad que tenía por objetivo mejorar las condiciones de vida y laborales de los trabajadores. En 1854 se creó la Unión de Clases, primera asociación que promovió el uso de la huelga como medida de presión. En 1855, con motivo de la ejecución del dirigente obrero Josep Barceló, se declaró la primera huelga general, al tiempo que una revuelta ciudadana fue violentamente sofocada por el gobernador militar.

Un periodo destacado en la vida económica de la ciudad fue la llamada febre d'or (fiebre de oro), que se dio tras la restauración de Alfonso XII en el trono español, una vez fracasada la I República. Se inició un clima de especulación financiera a través de las sociedades de crédito, al tiempo que continuó la expansión de la industria textil y metalúrgica, surgieron nuevas empresas energéticas (gas y electricidad) y grandes navieras como la Transatlántica (1881). En 1886 se fundó la Cambra de Comerç, Indústria i Navegació de Barcelona, que fomentaba los intereses de los empresarios e industriales catalanes. Al tiempo, se fueron introduciendo las nuevas ideologías obreras, el comunismo y el anarquismo: en 1873 se celebró en el Ateneo Obrero de Barcelona el Primer Congreso Obrero Español, que supuso el triunfo de la doctrina anarquista y conllevó la creación del sindicato Federación Regional Española de la AIT.

Transformaciones urbanas

Plan de los alrededores de la ciudad de Barcelona y del proyecto para su mejora y ampliación, de Ildefons Cerdà (1859).

Paralelamente a los procesos industriales, Barcelona vivió a lo largo del siglo XIX una amplia serie de transformaciones urbanas: se reordenó el centro con la remodelación de la Plaza de Sant Jaume y las calles Ferran, Jaume I y Princesa, y se abrieron las plazas Real y Duque de Medinaceli. Se acondicionó el puerto –cada vez más importante como llegada de materia prima, sobre todo algodón y carbón–, con la construcción de un nuevo muelle y el dragado del puerto. Un hito en la urbanización de la ciudad fue el derribo de las murallas en 1854, tras muchos recelos por parte del gobierno central, pero que era indispensable por el crecimiento de la población y para salvaguardar la salud pública. También cabe destacar la generalización del alumbrado a gas desde 1842, y la instauración de un sistema de transporte público con la aparición de los primeros tranvías desde 1872.

Pero sin duda el gran acontecimiento urbano de la Barcelona del siglo XIX fue el proyecto de ensanche (Eixample) de Ildefons Cerdà: en 1859 el Ayuntamiento nombró una comisión para fomentar un concurso de proyectos de ensanche de la ciudad. El concurso fue ganado por Antoni Rovira, pero el Ministerio de Fomento intervino e impuso el proyecto de Cerdà, autor de un plano topográfico del llano de Barcelona y un estudio demográfico y urbanístico de la ciudad. El Plan Cerdà instituía un trazado ortogonal entre Montjuïc y el Besós, con un sistema de calles rectilíneas de orientación noroeste-sureste, de 20 metros de anchura, cortadas por otras de orientación suroeste-noreste paralelas a la costa y a la sierra de Collserola. Quedaban así delimitadas una serie de manzanas de planta octogonal, de 113,3 metros de lado. El plano preveía la construcción de varias avenidas principales: la Diagonal, la Meridiana, el Paralelo, la Gran Vía y el Paseo de San Juan; así como varias grandes plazas en sus intersecciones: Tetuán, Glorias, España, Jacint Verdaguer, Letamendi y Universidad.[27]

Vista general de la Exposición Universal de 1888.

Otro gran acontecimiento urbanístico y social fue la celebración de la Exposición Universal de 1888, gracias a la cuál se urbanizó una gran extensión de terreno que comprendía desde el Parque de la Ciudadela (tras el derribo de la fortaleza militar y la cesión de los terrenos a la ciudad en 1869) hasta la Barceloneta, y mejoró infraestructuras en toda la ciudad. La exposición se pudo ver desde el 8 de abril hasta el 9 de diciembre, y contó con la asistencia de 400.000 visitantes. Estaba formada por varios edificios oficiales y numerosos stands, con una amplia representación internacional y de las principales empresas de la ciudad condal. Tras su cierre, quedaron en pie varios edificios, como el Castell dels Tres Dragons (actual Museo de Zoología), el Invernáculo y el Umbráculo, así como el Arco de Triunfo que servía de entrada a la exposición y el Monumento a Colón. También se construyeron otros edificios como el Palacio de Justicia, el Mercado del Born, el Moll de la Fusta (Muelle de la Madera) y la sede de Correos. Con esta celebración, Barcelona aprendió que la organización de grandes eventos internacionales no sólo le facilitaba la urbanización de la ciudad, sino que le reportaba multitud de visitantes y proyección internacional.

Resurgimiento cultural

Cartel de la III Exposición de Bellas Artes, de Alexandre de Riquer (1896).

La prosperidad económica y la pujanza social de la capital catalana favorecieron un resurgimiento de la cultura catalana, la llamada Renaixença (Renacimiento). La literatura fue incentivada con la creación de los Jocs Florals (Juegos Florales), concurso de poesía promovido por el Ayuntamiento de Barcelona, que se empezaron a celebrar en 1859. Debido a la influencia del romanticismo, se revalorizó la lengua catalana como vehículo de expresión propio, lo que conllevó un nuevo sentimiento de conciencia nacional y de especificidad de la cultura catalana. Autores como Aribau, Rubió i Ors, Víctor Balaguer, Milà i Fontanals y Antoni de Bofarull sentaron las bases del resurgimiento literario catalán. Otro acontecimiento cultural de gran relevancia fue la construcción del Teatro del Liceo, terminado en 1847, promovido por la sociedad Liceo Filarmónico-Dramático Cultural Barcelonés.

Esta nueva inquietud cultural necesitaba un vehículo de expresión: el modernismo. En sus inicios, el modernismo encontró la inspiración en la arquitectura historicista, ya que para los artistas modernistas la vuelta al pasado suponía una reacción contra las formas industriales impuestas por los nuevos adelantos tecnológicos producidos con la Revolución Industrial. La utilización de los estilos del pasado supone una regeneración moral que permite a la nueva clase dirigente, la burguesía, identificarse con unos valores que identifican como sus raíces culturales. Asimismo, el resurgir de la cultura catalana con la Renaixença llevó a adoptar las formas góticas como estilo “nacional” de Cataluña, con la pretensión de conjugar nacionalismo y cosmopolitismo, de integrarse en la corriente modernizadora europea.[28] La obra de Antoni Gaudí (Parque Güell, Casa Batlló, Casa Milà, cripta de la Colonia Güell, Templo Expiatorio de la Sagrada Familia), Lluís Domènech i Montaner (Hospital de la Santa Cruz y San Pablo, Palacio de la Música Catalana) o Josep Puig i Cadafalch (Casa Amatller, Casa Terrades) supondrá un gran impulso para la imagen de la ciudad.

Fin de siglo: inestabilidad política y expansión territorial

Bomba en la procesión de Corpus (7 de junio de 1896).

A nivel social, a finales del siglo XIX los barceloneses vivieron en primera persona la proliferación de nuevas formas de vida, ocio y relación social que tenían en el deporte y la práctica de actividad física su máxima expresión. En los últimos años del siglo la ciudad vio nacer una gran cantidad de clubs de natación, tenis o fútbol, que tendrán una gran importancia en el siglo XX en la vida social de los barceloneses y en la proyección exterior de la ciudad. Clubs como el Fútbol Club Barcelona (fundado en 1899), el RCD Español (fundado en 1900), el Real Club de Tenis Barcelona o el Club Natació Barcelona cobraron enseguida una gran popularidad en la ciudad, y convirtieron a Barcelona en la gran capital del deporte español de principios del siglo XX.

Sin embargo, a nivel político, el fin de siglo fue una época turbulenta y de gran agitación social: se consolidó el catalanismo, con la publicación del Diari Català por Valentí Almirall (1879), la celebración en 1880 del Primer Congrés Catalanista, la entrega en 1885 al rey Alfonso XII del Memorial de greuges (Memorial de agravios), la fundación en 1887 de la Lliga de Catalunya, en 1891 de la Unió Catalanista y, finalmente, en 1901, de la Lliga Regionalista de Enric Prat de la Riba. Esta tendencia política fue mal vista por los sectores conservadores españoles y, sobre todo, el ejército: en 1905 un grupo de oficiales asaltó la sede del diario La Veu de Catalunya y del semanario satírico Cu-Cut! y, en vez de ser reprendidos por su acción fuera del orden social, el gobierno central suspendió las garantías constitucionales en Cataluña.[29]

Entre finales del siglo XIX y principios del XX se sucedieron las revueltas y proliferó la realización de atentados con bomba: el 24 de septiembre de 1893 un anarquista atentó contra el general Martínez Campos, que resultó herido, a la vez que moría un guardia civil. El autor del atentado, Paulí Pallàs, fue fusilado, hecho que comportó la represalia de otro anarquista, Santiago Salvador Franch, que el 7 de noviembre de 1893 lanzó una bomba en el interior del Teatro del Liceo, causando 20 muertos. Igualmente, el 7 de junio de 1896, el anarquista Tomás Ascheri hizo explotar una bomba en la procesión de Corpus, con un resultado de seis muertos.

Plano actual de los distritos de Barcelona, tras la anexión de los municipios colindantes.

Otro factor de consideración a finales de siglo fue el crecimiento demográfico: se pasó de 272.481 habitantes en 1887 a 533.000 en 1900, hecho propiciado por el aumento de la inmigración a causa de la demanda de mano de obra para la Exposición Universal. En 1897, por una Real orden de 27 de abril, Barcelona se anexionó seis poblaciones limítrofes, hasta entonces independientes: Sants, Les Corts, Sant Gervasi de Cassoles, Gràcia, Sant Andreu del Palomar y Sant Martí de Provençals. Igualmente, en 1904 fue anexionado un nuevo municipio independiente: Sant Joan d'Horta. Por último, en 1921 se unió Sarrià. También cabe destacar la urbanización de la montaña del Tibidabo a partir de 1901. En total, el término municipal pasó de 15,5 a 77,8 km2, con una población en el cambio de siglo cercana a 750.000 habitantes.[30]

La anexión de los nuevos municipios planteó la necesidad de un plan de enlaces de la ciudad, que salió a concurso público en 1903, siendo ganado por el urbanista francés Léon Jaussely. El plan de Jaussely –realizado parcialmente– preveía unos cinturones de ronda y la apertura de espacios verdes, directrices que marcaron la expansión urbanística barcelonesa durante el siglo XX.

Siglo XX

Vista de la Plaza de Cataluña (1900).

El siglo XX comenzó con las mismas agitaciones políticas con que acabó el siglo anterior, que cristalizarían en la Guerra Civil. La dictadura franquista significó un periodo de cierta decadencia en la evolución de la ciudad, aunque la posterior llegada de la democracia y la reinstauración de los derechos propios de los catalanes relanzaron la tradicional vitalidad barcelonesa. El continuo progreso tanto económico como social han llevado a la ciudad a ser una urbe de gran relevancia tanto en el contexto español como europeo, mientras que diversos acontecimientos sociales como los Juegos Olímpicos de 1992 y el Fórum Universal de las Culturas han situado a Barcelona como una metrópoli de reconocido prestigio internacional.

La Semana Trágica

Barcelona durante la Semana Trágica.

El siglo se inició en el mismo ambiente de confrontación social que había caracterizado la sociedad barcelonesa los años anteriores. En 1909 se produjo un suceso de especial relevancia: la Semana Trágica. Las sucesivas derrotas del ejército español en Marruecos obligaron al gobierno a reclutar nuevas levas para enviar al frente, que se nutrieron sobre todo de gente humilde, pues las clases favorecidas podían comprar la dispensa por una módica cantidad de dinero. Este hecho provocó un levantamiento popular en la ciudad condal, que canalizó la ira y frustración de la clase obrera por su situación marginal. Entre el 26 de julio y el 2 de agosto de 1909 los sublevados levantaron barricadas y se dedicaron a la quema de iglesias y conventos. Finalmente, la revuelta fue sofocada por el ejército, con un saldo de 2.500 detenidos, de los que 1.725 fueron juzgados militarmente. Se dictaron 59 sentencias de cadena perpetua y 17 de muerte, de las que se efectuaron cinco, entre ellos el pedagogo Francesc Ferrer i Guàrdia, que sirvió de cabeza de turco.[31]

Los años que siguieron fueron nuevamente de agitación social: el 1 de noviembre de 1910 se celebró en Barcelona un congreso obrero que supuso la unificación de anarquistas y sindicalistas, naciendo la Confederación Nacional del Trabajo (CNT). La fuerza de la CNT pudo constatarse en la huelga de La Canadiense (como era conocida la empresa eléctrica Barcelona Traction Light & Power), motivada por el despido de varios obreros únicamente por estar sindicados. El 5 de febrero de 1919 se declaró la huelga del ramo de gas y electricidad, quedando Barcelona a oscuras y paralizando la actividad industrial. El ejército intervino reanudando el suministro, con lo que la huelga se generalizó. Se declaró el estado de guerra, siendo detenidos 3.000 huelguistas. El conflicto continuó, hasta que el 14 de abril se llegó a un acuerdo en el que, entre otras cosas, el gobierno aceptó la jornada laboral de ocho horas. Sin embargo, la patronal, descontenta, realizó un cierre de doce días, que afectó a cien mil obreros que quedaron en paro. Desde entonces se exasperó el enfrentamiento entre obreros y empresarios, iniciando una serie de atentados y asesinatos que llevaron el terror a las calles. En poco tiempo hubieron 230 muertes violentas en Barcelona, entre ellos el abogado sindicalista Francesc Layret y el dirigente anarquista Salvador Seguí.[32]

La dictadura de Primo de Rivera

Este ambiente de conflictividad –especialmente el asesinato del jefe de gobierno, Eduardo Dato, asesinado en Madrid por anarquistas catalanes– propició un golpe de estado el 13 de septiembre de 1923, realizado por el capitán general de Cataluña, Miguel Primo de Rivera, que contó con el apoyo del rey Alfonso XIII. La nueva dictadura eliminó las instituciones democráticas, e inició una feroz represión de las organizaciones sindicales. Suprimió la Mancomunitat (institución fundada en 1914 a instancias de la Lliga Regionalista, que tenía competencias sobre ciertos ámbitos administrativos y de fomento cultural), y prohibió el uso del idioma catalán y de la bandera catalana. Se clausuraron instituciones como el Orfeó Català, e incluso el F.C. Barcelona fue suspendido por seis meses.

El principal evento de esta época fue la Exposición Internacional de 1929, celebrada en Montjuïc. Para este acontecimiento se urbanizó toda la zona de la Plaza de España, y se construyeron los pabellones que acogen actualmente la Feria de Barcelona. La Exposición tuvo lugar del 20 de mayo de 1929 al 15 de enero de 1930, sobre una superficie de 118 hectáreas, y tuvo un coste de 130 millones de pesetas.[33] Además del recinto ferial, la muestra dejó numerosos edificios e instalaciones, algunos de los cuales se han convertido en emblemas de la ciudad, como el Palacio Nacional, la Fuente Mágica, el Teatre Grec, el Pueblo Español y el Estadio Olímpico. También se construyó el Metro de Barcelona, inaugurado inicialmente en 1924 y ampliado en 1926 con el servicio del Metro Transversal entre Bordeta y Catalunya (actual L1), que unía el centro de la ciudad con el recinto de la exposición. Igualmente, se construyó un funicular para acceder hasta lo alto de la montaña, así como un Transbordador aéreo para acceder a la misma desde el Puerto de Barcelona (aunque fue inaugurado posteriormente, en 1931).

Las Cuatro Columnas, obra del arquitecto Josep Puig i Cadafalch, representando la bandera catalana. Ubicadas donde posteriormente se situó la Fuente Mágica, fueron mandadas derribar por Primo de Ribera.[34]

Como ocurrió en 1888, la Exposición de 1929 supuso un gran impacto para la ciudad de Barcelona a nivel urbanístico, no sólo en la zona de Montjuïc, por toda la ciudad se realizaron obras de mejora y acondicionamiento: se ajardinaron las plazas de Tetuán, Urquinaona y Letamendi; se construyó el puente de Marina; se urbanizó la Plaza de Cataluña; y se prolongaron la Diagonal hacia el oeste y la Gran Vía de las Cortes Catalanas hacia el suroeste. También se realizaron diversas obras públicas: se mejoró el asfaltado de calles y el alcantarillado, se instalaron lavabos públicos y se sustituyó la iluminación de gas por la eléctrica. Asimismo, se remodelaron diversos edificios, como el Ayuntamiento o la Generalidad –donde se construyó el puente flamígero que cruza la calle Bisbe–. Se terminaron el edificio de Correos y la Estación de Francia, que llevaban varios años en obras. Asimismo, se construyó el Palacio Real de Pedralbes como residencia de la familia real. Durante esa época se construyó asimismo el primer rascacielos de Barcelona, el edificio de Telefónica en la esquina Fontanella/Portal del Ángel, obra de Francesc Nebot.

Por último, se mejoraron las comunicaciones de la ciudad, con la construcción en los años 1920 del Aeropuerto del Prat, la supresión de los pasos a nivel dentro de la ciudad, la mejora de los enlaces con los barrios periféricos de la ciudad, el soterramiento del tren de Sarrià (Ferrocarriles de la Generalidad de Cataluña) y la electrificación de los tranvías públicos. Todas estas obras públicas comportaron una fuerte demanda de empleo, provocando un gran aumento de la inmigración hacia la ciudad condal, proveniente de todas partes de España. Asimismo, el aumento de población conllevó la construcción de diversos barrios obreros de "casas baratas", como el Grupo Aunós en Montjuïc y los Grupos Milans del Bosch y Baró de Viver en Besós.[35]

La República y la Guerra Civil

Portada del Estatuto de Núria.

En el contexto de la crisis económica internacional (crack de 1929), la dictadura de Primo de Rivera se tambaleó, presentando su dimisión al rey el 28 de enero de 1930. El 12 de abril de 1931 se celebraron elecciones, que supusieron el fin de la monarquía. En Barcelona, ganó mayoritariamente el partido nacionalista Esquerra Republicana de Catalunya, con un total de 25 regidores. El 14 de abril, el presidente de la reinstaurada Generalidad, Francesc Macià, proclamó la República Catalana como parte integrante de la Federación Ibérica. Asimismo, el 9 de septiembre de 1932 se aprobó el Estatuto de Autonomía de Cataluña. Los primeros años de la II República significaron una profunda transformación social, aprobándose numerosas leyes de signo progresista que mejoraron las condiciones de las clases más desfavorecidas. Sin embargo, el triunfo de la derecha en las elecciones de 1933 supuso un nuevo retroceso en el desarrollo social. Tras diversas disputas con el gobierno central, el presidente Lluís Companys proclamó el 6 de octubre de 1934 el Estat Català, pronunciamiento que fue rápidamente sofocado por el ejército. Se suspendió el Estatuto, y el gobierno autonómico pasó directamente a manos de la administración central. No obstante, el cambio de gobierno con el triunfo del Frente Popular en las elecciones del 16 de febrero de 1936 comportó la restauración de la Generalidad y del presidente Companys.[36]

En el verano de 1936 Barcelona se disponía a organizar otro gran evento internacional: las Olimpíadas Populares. Para ello, se reformó el Estadio Olímpico y se acondicionó la montaña de Montjuïc. Sin embargo, pese a que todo estaba preparado, los Juegos no se pudieron celebrar, ya que en el mes de julio el ejército inició su golpe militar contra la II República, dando origen a la Guerra Civil. El 19 de julio diversas columnas militares se dirigieron al centro de la ciudad con la intención de tomar los puntos más estratégicos para conseguir el control de la población. Sin embargo, la firme resistencia organizada por las tropas de la Generalidad, la guardia civil –que se mantuvo fiel a la República– y las milicias urbanas, provocaron el fracaso del levantamiento en la ciudad condal. El general Goded, que había volado desde Mallorca para hacerse cargo del gobierno rebelde en Cataluña, fue detenido y posteriormente fusilado.[37]

En Barcelona se vivió un proceso revolucionario mediante el cual gran parte de las empresas y servicios fueron colectivizados por sindicatos como la CNT y la UGT. La autoridad del Gobierno de la República y la Generalidad era teórica, controlando de forma efectiva las calles los anarquistas. Sin embargo, a partir de los Sucesos de Mayo de 1937, que enfrentaron a los comunistas prosoviéticos del PSUC –partidarios de ganar primero la guerra– con los anarquistas y los comunistas de tendencia trotskista del POUM –defensores de realizar primero la revolución social–, la influencia de los anarquistas decreció. Esta pequeña guerra civil dentro de la más grande a nivel estatal dejó un saldo de 200 muertos, entre ellos el líder del POUM, Andreu Nin.

George Orwell, comentó sobre la Barcelona de aquellos días en Homenaje a Cataluña:

Por primera vez en mi vida, me encontraba en una ciudad donde la clase trabajadora llevaba las riendas. Casi todos los edificios, cualquiera que fuera su tamaño, estaban en manos de los trabajadores y cubiertos con banderas rojas o con la bandera roja y negra de los anarquistas; las paredes ostentaban la hoz y el martillo y las iniciales de los partidos revolucionarios; casi todos los templos habían sido destruidos y sus imágenes, quemadas. Por todas partes, cuadrillas de obreros se dedicaban sistemáticamente a demoler iglesias. En toda tienda y en todo café se veían letreros que proclamaban su nueva condición de servicios socializados; hasta los limpiabotas habían sido colectivizados y sus cajas estaban pintadas de rojo y negro. Camareros y dependientes miraban al cliente cara a cara y lo trataban como a un igual. Las formas serviles e incluso ceremoniosas del lenguaje habían desaparecido. Nadie decía señor, o don y tampoco usted; todos se trataban de «camarada» y «tú», y decían ¡salud! en lugar de buenos días.
George Orwell, Homenaje a Cataluña

Durante la guerra, Barcelona fue bombardeada en diversas ocasiones por el ejército golpista, siendo la primera gran capital bombardeada por la aviación moderna. El primer bombardeo fue del crucero italiano Eugenio di Savoia el 13 de febrero de 1937, que dejó 18 muertos. El primer bombardeo aéreo tuvo lugar el 29 de mayo (60 muertos), al que se sucedieron numerosas réplicas a todo lo largo de la contienda (con especial virulencia del 1 al 30 de enero de 1938). Los bombardeos aéreos más intensos y que más bajas causaron fueron los desarrollado entre el 16 y el 18 de marzo de 1938. El balance final fue de unas 2.500 víctimas, la mayoría civiles.

La ciudad fue ocupada por el ejército faccioso el 26 de enero de 1939, que abolió la autonomía catalana y sus instituciones políticas, como la Generalidad, y prohibió el uso de la lengua catalana y sus manifestaciones culturales. Barcelona se vio sumida, durante los casi cuarenta años de la dictadura franquista, en una gran decadencia social y cultural.

La dictadura franquista

Soldados nacionales en la Diagonal de Barcelona el 26 de enero de 1939, ante el Convento de Pompeya.

El apoyo de la ciudad a las fuerzas de la República le costó caro a Barcelona, no sólo durante los tres años de guerra, sino durante los treinta y seis años de dictadura (1939-1975). El nuevo régimen realizó una purga política que relegó a cualquier persona vinculada a la República, al comunismo o al catalanismo. Muchas personas debieron exiliarse, mientras que otras fueron encarceladas y algunas ejecutadas –como el presidente Companys, fusilado en Montjuïc en 1940–. La posguerra fue un periodo de gran penuria económica, por el colapso sufrido durante la guerra y el posterior aislamiento del régimen franquista a nivel internacional. Hasta los años 1950, con la alianza con Estados Unidos y la llegada del Plan Marshall, no se reactivó la economía. Entonces comenzó un progresivo desarrollo, plasmado en la implantación en la Zona Franca barcelonesa de la empresa SEAT, primera gran factoría de automóviles construida en España.[38]

De esta época cabe reseñar que, en 1952, Barcelona acogió el XXXV Congreso Eucarístico Internacional, que permitió la urbanización de un nuevo barrio conocido como Congrés. Por otra parte, los años de la dictadura se caracterizaron por el desarrollismo urbano, que consistió en la construcción desenfrenada de viviendas baratas para absorber la inmigración procedente, sobre todo, de comunidades españolas como Andalucía, Murcia o Galicia. La construcción de viviendas se llevó a cabo, en muchos casos, sin una planificación urbanística previa, y utilizando materiales baratos que, con los años, provocarían problemas varios como la aluminosis. La fiebre constructora provocó un notable incremento demográfico y la creación de nuevos barrios, tanto en el interior de la ciudad, como El Carmel, Nou Barris, Guinardó, Vall d'Hebron, La Sagrera, Clot, Verneda, Poblenou, etc; como en poblaciones adyacentes a Barcelona como Hospitalet de Llobregat, Santa Coloma de Gramanet, San Adrián de Besós o Badalona, que multiplicaron la demografía del área metropolitana de Barcelona, también llamada "cinturón".[39]

El incremento de población y la irrupción del coche en los años 1960 obligaron a desarrollar la red de metro, por una parte, y al asfaltado masivo de calles, la instalación de semáforos y la construcción de las primeras rondas de circunvalación de la ciudad. En estos años también se mejoró los sistema de distribución de agua corriente, el alcantarillado, la provisión de electricidad y el alumbrado de la ciudad.

Desde el punto de vista sociocultural, la llegada masiva de inmigración multiplicó el número de castellanohablantes en una ciudad en la que, hasta los años 1930, el idioma catalán era la lengua claramente preponderante. A ello también contribuyó el poder de los nuevos medios de comunicación de masas, la radio y la televisión, que se emitían únicamente en castellano, y el hecho que el castellano fuese la única lengua oficial reconocida por el régimen, y por tanto la única utilizada en la vida pública.

Durante los últimos años del régimen se inició un amplio movimiento social que, al tiempo que pedía la democracia y la amnistía política, reivindicaba de nuevo el uso del catalán y la normalización de la cultura catalana. La actividad de movimientos como Els Setze Jutges (compuesto por cantantes como Raimon, Lluís Llach, Joan Manuel Serrat, etc), crearon un frente de batalla de reivindicación catalanista y democrática. Al tiempo, se sucedieron diversos actos reivindicativos, como el encierro en el convento de los Capuchinos de Sarrià para constituir un Sindicato Democrático de Estudiantes (1966), el encierro en Montserrat en protesta contra el proceso de Burgos (1970) o la primera Assemblea de Catalunya, celebrada el 7 de noviembre de 1971 en la parroquia de Sant Agustí. De esta Assemblea surgió la consigna llibertat, amnistia, Estatut d'autonomia (libertad, amnistía, Estatuto de autonomía).[40]

La Democracia

La Playa de la Barceloneta y las torres gemelas (Torre Mapfre y Hotel Arts), símbolo de la Villa Olímpica.

Con la restauración democrática retornaron las instituciones catalanas, como la Generalidad, reinstaurada en 1977 con el regreso del presidente en el exilio, Josep Tarradellas, quien fue recibido por el entonces alcalde de Barcelona, Josep Maria Socías, primer alcalde de la ciudad tras la muerte de Franco. El 11 de septiembre de 1977 se produjo una multitudinaria manifestación en Barcelona a favor del Estatut. La aprobación de la Constitución de 1978 favoreció el estado de las autonomías, siendo aprobado el Estatut el 18 de diciembre de 1979. Así, Barcelona volvía a ser capital de la Cataluña autonómica y sede del nuevo parlamento y del gobierno autónomo. Las primeras elecciones municipales fueron el 3 de abril de 1979, dando a la ciudad su primer consistorio democrático: fue elegido alcalde el socialista Narcís Serra, al que sucedió en 1982 Pasqual Maragall, promotor de los Juegos Olímpicos. Desde 1979 hasta 2011 el PSC estuvo siempre encabezando el gobierno de la ciudad: a Maragall sucedió en 1997 Joan Clos, y a éste Jordi Hereu en 2006.[41] En 2011 se produjo el relevo político al ganar CiU las elecciones municipales de España de 2011, siendo elegido alcalde Xavier Trias.

Barcelona inició un nuevo desarrollo cultural y urbanístico que la ha convertido en la ciudad atractiva que es en la actualidad. En ello tuvo mucho que ver la designación de Barcelona, el 17 de octubre de 1986, como ciudad organizadora de los XXV Juegos Olímpicos de 1992 (y IX Juegos Paralímpicos). Los siete años que transcurrieron entre 1986 y 1992 constituyeron años de gran transformación para la ciudad: no sólo se construyeron los complejos deportivos necesarios (remodelación del Estadio Olímpico, construcción del Palau Sant Jordi, etc), sino que se llevaron a cabo obras tan importantes como la construcción de las Rondas de circunvalación de la ciudad, la recuperación de las playas y todo el frente marítimo (zona del Maremàgnum), la construcción de nuevos barrios como la Villa Olímpica, la mejora del sistema de transporte y modernización del metro, la instalación de la nueva torre de telecomunicaciones de Collserola, la renovación y ampliación del Aeropuerto de Barcelona, la renovación de la flota de taxis, la limpieza de fachadas de los edificios de la ciudad (campaña Barcelona posa't guapa), modernización de hospitales, construcción de polideportivos municipales, la multiplicación de plazas hoteleras, etc. Los Juegos, además, internacionalizaron definitivamente la imagen de una moderna Barcelona ante todo el mundo, y recuperaron la ilusión de los barceloneses, orgullosos de su ciudad.[42]

La Barcelona actual

Vista aérea del Fórum Universal de la Culturas.

La Barcelona del siglo XXI es una ciudad próspera y confiada de su futuro, con proyección internacional, que apuesta por la cultura, la calidad de vida, la innovación, la solidaridad y la sostenibilidad. La celebración de un nuevo evento en el año 2004, el Fórum Universal de la Culturas, permitió unos cambios urbanísticos todavía mayores: se recuperó toda la zona del Besós, hasta entonces poblada de antiguas fábricas en desuso, regenerando todo el barrio del Poblenou y construyendo el nuevo barrio de Diagonal Mar. También se pudo construir el puerto deportivo de San Adrián de Besós, y permitió hacer llegar la Avenida Diagonal hasta el mar. Además, el Fórum legó a la ciudad nuevos parques y amplios espacios para el ocio de los ciudadanos, nuevas plazas hoteleras de alta categoría, y dos nuevos edificios para exposiciones y congresos que dieron nuevas posibilidades al perfil económico de la ciudad. Después del evento del Fórum, el Ayuntamiento ha buscado utilizar el recinto para conciertos, exhibiciones y eventos a fin de atraer más gente al lugar y evitar que la zona quede en abandono. Aun así, al igual que durante su vigencia, durante el año siguiente el lugar no ha sido tan visitado como estaba previsto.

Los profundos cambios experimentados gracias a la celebración de eventos como los Juegos Olímpicos de 1992 y el Fórum del 2004 dejaron una ciudad nueva, cosmopolita y de gran atractivo cultural tanto para los ciudadanos adinerados como para el turismo internacional. El precio que pagaron los barceloneses fue el desorbitado incremento del precio del suelo, que provocó una espectacular alza en el precio de los pisos, situando a Barcelona como una de las ciudades más caras de Europa, con pisos al mismo nivel de precios que ciudades como Madrid o París.

En estos años también se han ganado nuevos equipamientos culturales, como el MACBA, el Centre de Cultura Contemporània, el Teatre Nacional y el Auditori, o las nuevas instalaciones del Archivo de la Corona de Aragón; también se ha reconstruido el Liceo tras el incendio sufrido en 1994. El perfil de la ciudad ha cambiado nuevamente tras la construcción de un gran rascacielos de forma cilíndrica, la Torre Agbar.[43]

Las comunicaciones han mejorado con la llegada de la alta velocidad, que une la ciudad catalana con la capital del país. Sin embargo aún no se ha completado la red, que tiene que enlazar también Barcelona con París, a la vez que queda pendiente el eje del Mediterráneo con Valencia. Se han ampliado el puerto y el Aeropuerto del Prat, con el objetivo de convertir a Barcelona en el centro logístico del sur de Europa. También se está ampliando la red de metro, construyéndose actualmente la línea 9, que enlazará las poblaciones de Badalona y Santa Coloma con la Zona Franca y el aeropuerto; cuando esté finalizada será la línea de metro más larga de Europa. También está prevista la construcción de un nuevo cinturón de ronda para mejorar las comunicaciones del área metropolitana.

Entre las últimas actuaciones del consistorio cabe destacar la candidatura de Barcelona –junto a las estaciones catalanas de esquí de los Pirineos– para los Juegos Olímpicos de Invierno de 2022.[44] En el aspecto urbanístico, se celebró entre el 10 y el 16 de mayo de 2010 una consulta popular para decidir sobre la futura remodelación de la Diagonal, con tres opciones: bulevard, rambla o no efectuar ninguna intervención. Ganó la tercera opción por un 79,84 % de los votos, lo que supuso un duro revés para el gobierno de Jordi Hereu, partidario de la reforma.[45]

Evolución demográfica

1900-2005
1900 1910 1920 1930 1940 1950 1960 1970 1981 1991 2001 2005
533.000 587.411 710.335 1.005.565 1.081.175 1.280.179 1.557.863 1.745.142 1.754.900 1.681.132 1.505.325 1.593.075
Evolución demográfica de la ciudad de Barcelona, 1900-2005, según datos del INE.

El gráfico y la tabla reflejan el sostenido incremento inicial, por efecto del crecimiento de la industria y de la absorción de núcleos cercanos, la fuerte tendencia al alza hasta el máximo de los años 1970 y 1980 y un posterior decremento de la población, que ha sido absorbida sobre todo por la zona metropolitana (en el sentido amplio de la expresión, que abarcaría hasta las poblaciones del "segundo cinturón"). La tendencia más actual parece ser hacia un repunte moderado (+5,8% entre 2001 y 2005).

Véase también

Referencias

  1. Roig (1995), p. 2-3.
  2. «Cecas ibéricas en la zona catalana». Consultado el 13-06-2010.
  3. Fundación de BCN por parte de Amílcar Barca Consultado el 19 de agosto de 2011
  4. Hernàndez (2001), p. 40.
  5. Hernàndez (2001), p. 49.
  6. «Cecas provinciales de Hispania: Tarraconensis I». Consultado el 13-06-2010.
  7. Hernàndez (2001), p. 57.
  8. «La marina de al-Andalus». Consultado el 13-06-2010.
  9. Antonio Díaz Arnau. «Historia de la Catedral de Barcelona». Consultado el 13-06-2010.
  10. Hernàndez (2001), p. 58.
  11. Roig (1995), p. 15.
  12. Roig (1995), p. 19.
  13. Hernàndez (2001), p. 82.
  14. Roig (1995), p. 55.
  15. La Diputació del General de 1289 fue una comisión no permanente designada para la tarea de recaudar los impuestos que los estamentos concedían al rey a petición suya, uno de los mecanismos habituales en las Cortes. Dicha comisión cumplía esa labor recaudatoria para el rey en periodos entre Cortes, y acabada la tributación acordada, la comisión desaparecía. Estas comisiones no tenían atribuciones fiscales ejecutivas ni un organismo permanente con diputados y auditores bajo la autoridad de un presidente, como será la institución nacida a causa de la necesidad de crear el nuevo impuesto de Generalidades para sufragar la guerra de los dos Pedros en la segunda mitad del siglo XIV. Cuando en las Cortes de 1365 la deuda emitida por las Cortes fue administrada con competencias ejecutivas en materia fiscal por una Diputación del General permanente y se fija una sede permanente en Barcelona (calle Sant Honorat), una vez creado el nuevo impuesto en las Cortes de Monzón celebradas en 1362 y 1363, se puede hablar ya de la institución medieval consolidada de la Generalidad. Cfr. Guía de la Generalitat. Antecedentes históricos. La Diputación del General (siglos XIV-XVII). Génesis (siglo XIV), en Página web de la Generalidad de Cataluña (en castellano); y «Las Cortes Catalanas y la primera Generalitat medieval (s. XIII-XIV)», Societat Catalana de Genealogia, Heràldica, Sigil·lografia, Vexil·lologia i Nobiliària. Consulta: 9 de octubre de 2010:
    El primer paso se dio en las Cortes celebradas en Monzón (Aragón) en 1289, al designarse una Diputació del General, comisión temporal para recaudar el servicio o tributo que los estamentos concedían al rey a petición suya.
    El segundo paso tuvo lugar en las Cortes de 1358-1359, celebradas en Barcelona-Villafranca-Cervera. En efecto, bajo el reinado de Pedro III el Ceremonioso (1336-1387) Castilla invadió Aragón y Valencia, lo cual dio lugar a enfrentamientos bélicos que ocasionaron enormes gastos a la Corona catalano-aragonesa. Tal circunstancia dio pie a que las Cortes Catalanas designaran doce diputados con atribuciones ya ejecutivas en materia fiscal y unos oïdors de comptes (auditores de cuentas) que controlarían la administración bajo la autoridad del que ha sido considerado primer Presidente de la Generalidad, Berenguer de Cruïlles, obispo de Gerona (1359).
    Esta nueva Diputación del General ha sido considerada por los historiadores como el primer embrión de la futura Generalidad.
    El tercer estadio se produce en las Cortes de Monzón de 1362-1363: se crea el impuesto llamado generalitats (generalidades), tributo permanente que garantizaba unos ingresos propios y una continuidad a la Diputación del General integrada desde entonces por tres diputados.
    En las Cortes de Barcelona-Lleida-Tortosa de 1364 y 1365 se completó la consolidación de lo que ya puede considerarse una institución ejecutiva: las Cortes emitieron deuda pública que debía ser administrada por la Diputación del General o Generalidad con carácter permanente. En estas mismas Cortes se asignó la residencia de este organismo en la propia capital de Cataluña, Barcelona. Fue habilitada al efecto una casa de la calle Sant Honorat que en la actualidad todavía constituye la fachada oriental del Palacio de la Generalidad, uno de los pocos palacios góticos, quizás el único de Europa, que sigue siendo sede de una institución de gobierno desde los siglos XIV y XV.
    Societat Catalana de Genealogia, Heràldica, Sigil·lografia, Vexil·lologia i Nobiliària, loc. cit.
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Bibliografía

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