Campo de concentración de Castuera

Campo de concentración de Castuera

Campo de concentración de Castuera

De la importancia de Castuera en la guerra civil española de 1936 ha quedado constancia en la mayoría de las publicaciones sobre el conflicto. Castuera fue la principal referencia del sector republicano de La Serena, tanto para las cuestiones administrativas y de gobierno, como para las estrictamente militares. En Castuera se constituyen a partir de 1937 algunos tribunales especiales (Martín y Pelegrí, 1993:326-327) y allí tuvieron su sede el Gobierno Civil y el Consejo Provincial (Gallardo, 1994: 70 ss.). Pero, sobre todo, es por el desarrollo de las operaciones militares que acabaron con la caída de la zona en manos de los golpistas lo que ha hecho que el topónimo se haya convertido en todo un clásico en la historiografía.

En el verano de 1938 se organizó una gran ofensiva del ejército de Franco para hacerse con lo que se conocía como la Bolsa de La Serena, único sector extremeño bajo dominio de la República. Se perseguía lograr el control de una comarca de gran relevancia estratégica que, de tener éxito, permitiría incorporar a la zona nacional todo el valle medio del Guadiana, proteger las comunicaciones Norte-Sur, y acercarse a Almadén (Chaves, 1997:219). Las operaciones se iniciaron el 15 de junio con la ruptura del frente en la zona de Peñarroya-Valsequillo y se dieron por concluidas con la toma de Campanario el día 24 de julio. Tras una tensa calma, los movimientos de tropas se reanudaron en los primeros días de agosto, con el objetivo de los nacionales de rematar la operación con la toma de Cabeza del Buey, capital de la Extremadura republicana tras la caída de Castuera. Sin embargo una ligera resistencia del bando republicano, que intentó incluso recuperar Castuera, estabilizó el frente en la zona de Zarza-Capilla a Puebla de Alcocer. El Estado Mayor de la República planteó a principios de 1939 la recuperación del sector extremeño, en lo que Julián Chaves (1997:233) califica de “maniobras de distracción” para aliviar la situación de Cataluña. Sin embargo la batalla de Valsequillo se saldaría con la derrota republicana y un alto coste en vidas que anunciaba el fin de la guerra y la victoria de Franco2.

En general, las operaciones de la Bolsa de la Serena supusieron un auténtico desastre para el ejército republicano, que afectó seriamente a la moral de las tropas3. De todo ello quedó una gran cantidad de prisioneros, tanto civiles como unidades de ejército (varias Brigadas y algunos escuadrones de caballería), y un formidable éxodo de población que, ante la inminente caída de la bolsa, emprendió la huida hacia la zona de Ciudad Real.

Suponemos que esta masa de prisioneros ocasionados en la Bolsa de La Serena, junto con (de nuevo) la localización estratégica de la población, son los factores que explican la construcción de un campo de concentración en Castuera. Aunque el campo funciona plenamente tras la finalización de la guerra, quizás haya que rastrear sus orígenes en el período que va desde el fracaso de la recuperación de Castuera por el ejército republicano hasta la derrota de Valsequillo.

Así las cosas, hay que reconocer la extraordinaria importancia que tuvo en la institucionalización de la represión el campo de prisioneros de Castuera, intuida más que otra cosa en la historiografía y, lamentablemente, pendiente aún de sistematización. Hasta el momento las noticias sobre el campo de prisioneros se limitaban a tres testimonios orales recogidos por Justo Vila Izquierdo: los de Valentín Jiménez Gallardo y José Hernández Mulero (Vila, 1983:163-164; y 1986:69) y el de Esteban López Ramos (Vila,1986:70). De ellos, sobre todo será el de José Hernández Mulero, natural de Barcarrota, el que ha servido de memoria viva de lo acaecido en Castuera, puesto que fue de nuevo recogido en una obra que gozó de gran difusión (García y Marroyo, 1986:98)4.

En 1997 nos planteamos buscar testimonios orales sobre el campo de concentración de Castuera, algo que se nos presentaba como una verdadera urgencia, ya que el tiempo corría en nuestra contra y la información podía perderse para siempre5. Es evidente que el proyecto atendía tanto a poderosas razones de índole moral, como a otras más prosaicas que tienen que ver con el (a veces) frío trabajo del historiador. De todo ello, y tras mil avatares, sólo alcanzamos a lograr el testimonio de D. Rafael Caraballo Cumplido, cuya apasionante biografía y extraordinaria lucidez nos compensó de la desazón que nos dejó el silencio terrible que se cernía sobre el tema6. Seguidamente reproducimos su testimonio, tal y como él nos lo transmitió en la entrevista que mantuvimos en su domicilio de Badajoz durante la primavera de 1998.

  • Fuente: Pablo Ortiz Romero, Antonia González Sánchez.1

Contenido

Testimonio oral de D. Rafael Caraballo Cumplido

Los primeros momentos de la guerra

“Cuando estalló el Movimiento nosotros vivíamos en Oliva de la Frontera. Entonces pasamos a Portugal, lo hicimos los padres y tres hermanos, los cinco pequeños se quedaron en el pueblo, repartidos entre Oliva y Jerez de los Caballeros, porque mis padres eran de Jerez. Hasta el final de la guerra no volvimos a verlos. Mi padre cobraba las contribuciones en Oliva, trabajaba allí. Pasamos a Barrancos, de Barrancos a Évora y de allí nos llevaron a Lisboa. Nos embarcaron en un barco que les habían regalado los alemanes a los portugueses, por lo visto, cuando la primera guerra europea… que anda que también se portaron bien los guardias portugueses…las gentes nos ayudaban pero la policía de Salazar... eran criminales…

En el vapor iban muchos carabineros, también guardias civiles, unos 1.300 o 1.400. Desembarcamos en Tarragona el 13 de octubre de 1936. Como yo era pequeño, me metieron con las mujeres en un hospital. Un cocinero que me tomó cariño me tomó como ayudante, pero yo me fui voluntario. Me metí en el tren, pasamos el Ebro de noche, estuve en Belchite y, qué casualidad, allí estaba mi hermano. Me quedé allí en el frente un tiempo y luego estuve en una brigada de catalanes…, hasta que me reclamó mi padre y nos vinimos a Extremadura a vivir, a Castuera, porque mi padre cobraba las contribuciones y como habían trasladado la capital a Castuera, pues allí viví, en la calle Calvario. Y allí me incorporé voluntario.

Cuando terminó la guerra estábamos en Puerto Peña, en el 39. Ahí nos cogió el fin de la guerra. Llegó la orden de que la guerra había terminado, que marcháramos con dirección a Piedrabuena y que en caso de que nos encontrásemos con el enemigo, que no ofreciéramos resistencia, que era una paz honrosa. Marchamos a Siruela, porque allí tenía familia. Mi hermano quiso irse a Alicante, pero como lo cogieron no llegó a embarcar. Él iba al exilio, era sargento.

Nos encontramos con las fuerzas nacionales. Un comandante nos dijo: “no os presentéis, porque los pueblos están muy malos, y vamos a hacer un campo de concentración en Castuera… y sobre todo los que estáis comprendidos en quinta...”. Así, nos encerraron en la iglesia de Siruela.

Construcción del campo de prisioneros de Castuera

El 27 de marzo de 1939 es cuando nos dicen que la guerra ha terminado y que es una paz honrosa. Ese 27 de marzo salimos con dirección a Cabeza del Buey, que fue cuando nos encontramos al comandante que he citado. Nos encerraron en la iglesia de Siruela: dormíamos en la sacristía. El 13 (de abril) ya nos trasladaron para el campo de Castuera. Por entonces todavía no estaba terminado, lo estaban haciendo aún. El campo se inició cuando terminó la guerra. Como no había barracones todavía pusieron unas tiendas de campaña (que le pusieron el nombre de Villaverde): las hicieron con unos perfiles de los que había en las trincheras, y luego las cubrían de pasto que se traía de la sierra de Castuera. Había muchas de esas tiendas, que no eran realmente tiendas, sino una especie de covachas, que servían de cobijo mientras se hacían los barracones. En cada tienda cabían dos personas.

El 17 de mayo nos ocurrió una desgracia: estaba acostado en una tienda de ésas con mi hermano, y estaban calentado comida, y yo avisaba que se podía quemar aquello. Salió todo ardiendo, salimos corriendo como pudimos y perdí los zapatos. Estuve así descalzo mucho tiempo.

Cuando ya se acabaron los barracones, que fueron hechos por los presos, pasamos al barracón 23. Los presos del 70 eran los sentenciados a muerte. Decían que eran los más peligrosos, ya ves tú….Como curiosidad hay que destacar que llenaron un barracón de moros, el número 45. Sí, eran moros de los que habían venido con los franquistas, que habían hecho barbaridades, que se habían metido con las mujeres de sus jefes… Y allí los tenían, como a nosotros.

El campo de prisioneros formaba más o menos un rectángulo, con las letrinas…, en el centro estaban los barracones, la cruz de los caídos… Había dos filas de barracones. En total unos 70. Dentro del barracón… de noche no te podías levantar.. unos pegados a otros, tampoco te podías asomar a la ventana…Luego nos pasaron del barracón 23 al 43.

Se hizo cargo del campo el comandante Navarrete, de Fuente de Cantos. El dichoso comandante Navarrete... Antes que él hubo otro que yo no sé cómo se llamaba, no lo conocí. Luego estuvo otro que le llamábamos el abuelo. Luego estuvo Navarrete.

En el campo había una alambrada, una zanja, y luego otra alambrada. Y después nos pusieron otra, porque lo ordenó Navarrete. Cuando teníamos que hacer nuestras necesidades nos llevaban a las letrinas por grupos, que estaban al final del campo, abajo, por donde está la vía del tren.

La mina. La represión. Las muertes

Se oía que arrojaban a la gente a las minas que estaban junto al campo de concentración. Pero yo no le puedo decir con seguridad que eso fuera así. Sí lo oíamos, corría el rumor, de que a uno lo que iban a tirar se agarró al pie del que lo empujaba y se lo llevó para adentro. Pero yo no he visto eso. Yo sé que mataban, pero si los echaban vivos a la mina o eso, yo no lo sé.

Lo que sí he visto han sido las palizas. El alcalde de Puebla de Alcocer iba en una silla de ruedas, dijeron que no lo mataban, pero le rompieron la médula…

En el barracón nuestro había un chico que había venido su madre a verlo. Entonces saltó por una de las ventanas de atrás del barracón para llevarle una esquela (una carta) a la madre. Y así le dieron un tiro por detrás. Y nosotros viéndolo. Allí quedó muerto. Fueron los legionarios, que por entonces estaban de vigilantes. Que por cierto, eran mejores que los requetés y los falangistas. Los vigilantes a veces abusaban de las mujeres que iban a preguntar por sus familiares, las chantajeaban, porque no tenían para otra cosa que no fuera el meterles el miedo, engañarlas:”..yo me intereso por tu marido…”.

Las ametralladoras estaban en la sierra, en la parte de arriba del campo.

La organización. La vida cotidiana

Llegó Don Ceferino, que había estado de carcelero en Jerez de los Caballeros, y como mi padre era de Jerez, pues lo conocía. Y mi hermano Alfonso me comentó: “ oye, como D. Ceferino era amigo de papá, pues….”. Nos colocó de cocineros. Ya la cosa fue distinta. Cuando vino don Ceferino nuestra situación cambió. Nos llevaron arriba, donde las calderas de los garbanzos… Nos tuvieron seis días sin comer. Seis días completos, sin comer absolutamente nada.

Desde Castuera en unos camiones llevaban el agua, y a mi hermano le llevaron un saco de pan, que mi madre le dio diez duros a unos de los conductores de los camiones, y yo me ahogaba comiendo pan, del ansia…

Cuando iba mi madre a vernos…. había una alambrada enfrente…Nos veíamos desde lejos… yo hablaba con mi madre poco menos que con un altavoz…

Nos llevaban a la sierra, y yo me quejaba porque estaba descalzo, pero nada, a la sierra también. En un momento cogíamos la leña para hacer el fuego para las calderas de los garbanzos. Cuando las calderas iban cogiendo temperatura se acababa la lumbre…, los garbanzos durísimos… Me dice uno de los guardianes, que era de Oliva: “tú te pones detrás de mí, que no te pase nada”. Un guardián me decía: “¡Qué mal pastor haces!” Y mi paisano: “ ponte detrás que es capaz de tirarte…” Ya ves, en el mes de Julio, descalzo, por la sierra, que hay espinos… y langostos…

En las letrinas te daban muy poco tiempo.

Una de las noches mi hermano estaba indispuesto…quiso salir del barracón a hacer sus necesidades y le dispararon dos tiros. Se metió para adentro y se le quitó la diarrea rápido.

Cuando tocaban al reconocimiento: el capitán médico era de Don Benito, Luis Feito. Yo tenía fiebres palúdicas. La medicina era un saco de sal de higuera (¿) y un bidón de agua… En las puertas del reconocimiento nos juntábamos unos 800 o 900 hombres. Que uno decía: “vaya con estos tíos, que ayer me purgaron y hoy también”. Y luego se reían. Decían: ”ves, ya no hay enfermos”. Una de las veces que mi hermano saludó (con el saludo fascista, brazo extendido en alto), porque había que hacerlo, ese Feito, el médico, le dijo: “¿y ahora saludas, criminal?”. Se lo dijimos a un cabo, también de Oliva, que le llamó la atención y le dijo que si a él le habíamos hecho algo nosotros… Ese paisano se portó muy bien.

Había gente muy mala. El que era malo, era malo. Había un madrileño, chiquinino, ¡cómo podía ser tan malo! En nada que lo veíamos venir todo el mundo se callaba. Luego había gente buena, como un muchacho de Don Benito, buena persona... Recuerdo que en algunos casos, en mi barracón, venían a por uno, lo nombraban, y bien sabía el que lo nombraba que estaba allí, pero no contestaba y decía: “mañana vendré”. Y eso lo hacía ese muchacho de Don Benito. (Enseña un tatuaje en el brazo). Me lo hice allí, en el campo de concentración de Castuera en 1939. Que estaba yo un día barriendo, paleando, y me echan mano al vérmelo… y me dicen: “¿qué tienes ahí? Si es la hoz y el martillo te corto el brazo...!” Otra vez estaba paleando, que yo no sabía…, había que echar lo de la pala más allá de la alambrada del campo. Me obligaban a tirar una y otra vez…

El comandante Navarrete era lo más malo que he visto. Era increíble… Y a mí me dijo allí un cura, en Siruela, que teníamos que envidiar a los que habían muerto…No he visto a ninguno que sea bueno…En el campo se hacía misa. Y cantábamos muchos himnos, cinco o seis, por lo menos. Que había uno que decía: “¡me cago en diez, anda que estos tíos no tienen himnos!”. Y con la mano levantada…. Con nosotros había varios militares presos, y otro que era pintor… y cuando nos poníamos a cantar hacían alguna burla: “si te dicen que caí, mentí, que fui un tropezón que di…”, “...qué hacen guardia debajo los sombreros…”. Y les reñíamos no fuera que los escucharan… El pintor era muy bueno. Pintaba a todos los sargentos, que iban a que los retratara. Después, donde estaba el puesto de mando había como un torno, donde se iba a declarar…y allí los colgaban… Muchos morían… cuando veíamos venir por el camino a una mujer vestida de luto, con esos de la boina roja, decíamos: “...uf!”.

Los guardias se emborrachaban, entraban en los barracones, y según les pareciera la cara de unos u otros, la cogían con uno y les daban porrazos, los sacaban y los traían molidos a palos. Había a algunos que los sacaban todos los días y les daban palizas. Que era mejor que los hubieran matado. Ese Navarrete permitía todo eso. Muy malo era. Luego fue General, de Fuente de Cantos era. Venían las gentes de los pueblos. A sacar a los presos.

Allí se hablaba de que estábamos unos 9.000 hombres. Yo calculé eso, aunque allí siempre se habló de 11.000. Había setenta barracones, pero es que luego estaba “Villaverde”, la zona de las tiendas de campaña aquellas. Le pusieron ese nombre los madrileños, que eran muy graciosos, por el barrio de Villaverde, como aquello tenía pasto y era verde... Había un jefe de barracón, y pasaban lista. Se daba parte a los sargentos de los que estaban en los barracones.

Las Fugas

De allí también se escapaba la gente. Había centinelas.. unos treinta o cuarenta. Toda la noche escuchábamos: “¡alerta el 10!, ¡alerta el 9!”. Cada centinela tenía sus garitas. La gente se escapaba cuando llovía, cuando vino el frío. Mi hermano y un capitán…. teníamos preparada la fuga, pero cómo me quedé sin zapatos…La gente se escapaba de noche. Algunos se camuflaron de día, pero como te cogieran no había salvación.

Hubo un intento de revuelta, pero parecía una encerrona para que nos mataran a todos. También lo intentó un tal Pedro Tirado, pero aquello no funcionó.

El fin del Campo de Prisioneros

El campo se desmanteló aproximadamente el 20 de febrero de 1940 (estuvo operativo desde abril de 1939 hasta esta fecha). Nos trasladaron a la prisión de Castuera gracias a D. Ceferino. Otros fueron a Herrera del Duque, que allí, tela marinera… Nosotros en Castuera estábamos encantados. La cárcel estaba al lado del Ayuntamiento. Y venían dos hermanos que eran de Ciudad Real, hijos de un factor, eran recomendados… Allí en la cárcel dormíamos junto los cuatro hermanos (dos y dos), uno de ellos se volvió loco.

Fueron los padres y la hermana a verlo, todo lo decía en verso. Decía: “ya se marcha mi madre y se marcha llorando, y a mí seguramente me fusilará Franco”. Y miró para arriba y allí había un carpintero, que hacía maletas, y decía: “ y ahí hay un carpintero que hace maletas, que no valen dos reales y cobra diez pesetas”. Y lo fusilaron. Se escapó y lo mataron. Siempre decía: “yo todos los avales que llegaban los rompía”. Y lo hacía porque los señores daban avales a las mujeres: “...toma, para que venga tu marido…”, pero lo hacían para matarlos cuando volvieran. Y él los rompía por eso, no los cursaba.

Cuando desmantelan el campo a la gente la reparten: a Castuera, a Herrera del Duque… allí en Herrera era horroroso. Nos repartieron por todas las cárceles, y luego nos dieron la libertad. Y luego nos volvieron a encerrar otra vez.

Yo tenía 19 años por entonces. Mi hermano tenía 23 o 24 años.

La memoria

Pasé mucho miedo. Mucho. Fue horroroso. Luego pasé por muchos avatares, estuve condenado a trabajos forzados, y llegué a ser funcionario del INEM. Tengo el honor de ser el promotor del busto de Juan Ramón Jiménez en Moguer, también soy un apasionado de García Lorca. Estoy recordando cosas, y escribiéndolas en un diario que tengo. Nunca renuncié a mis principios. Guardo mucha documentación, todos mis papeles.”

Se construyó un gran campo de prisioneros cercano a Castuera al finalizar las hostilidades en el frente de La Serena, el cual se mantuvo estabilizado durante mucho tiempo y fue escenario de cruentas batallas. Se situó en la ladera norte de la sierra de Las Pozatas, en la finca denominada “La Verilleja”, cerca de la línea férrea Badajoz-Madrid, y al pie de unas antiguas minas de plomo argentífero. El campo aparece como un gran centro de distribución de presos, escenario de los primeros momentos de la represión ya institucionalizada. Estuvo funcionando desde abril de 1939 hasta finales de febrero de 1940.

Un sistema de fosos y alambradas delimitaba un gran espacio rectangular donde aproximadamente estuvieron retenidos entre 9.000 y 11.000 personas según los testimonios orales. Posiblemente el número debió ser sensiblemente inferior, tal vez en torno a 5.000 presos. Desde la inmediata Sierra de las Pozatas se vigilaba el campo, sobre el que se tenía una magnífica vista. Allí se construyó un nido de ametralladoras.

Tras los fosos se encontraban unos 70 barracones organizados a lo largo de unas calles empedradas. Los vigilantes se situaban en garitas distribuidas por todo el contorno del campo. Las condiciones de vida eran pésimas: el campo se caracterizaba por el hacinamiento de los presos. Pronto pasó a ser escenario de episodios violentos que lo ha mantenido en la memoria colectiva de muchas generaciones como un lugar asociado a la represión más dura, la que se desencadena inmediatamente después de concluida la guerra. Entre los presos corría el rumor de que a la próxima mina de “La Gamonita” eran arrojados vivos muchos de ellos.

Aunque los testimonios orales insisten en esta cuestión, hay que destacar que parecen moverse en la dimensión confusa donde se mezclan los rumores, el horror pasado, con algún testimonio ya imposible de situar. Posiblemente pudiera darse algún episodio donde esto ocurriese, aunque por las informaciones que hemos manejado hay que descartar que en algún momento fuera un método de exterminio más o menos sistematizado. Sí eran frecuentes las sacas de presos, para ajustar cuentas, así como el uso continuo de la violencia (física y psíquica) para con los presos y sus familiares7.

El cierre del campo tiene que ver con los problemas de seguridad por el alto número de presos y por el inicio de un proceso de “normalización” en la represión. Muchos prisioneros eran avalados por familiares y autoridades y eran sacados del mismo. Otros fueron dirigidos a tribunales especiales que los condenaron a trabajos forzados, otros fueron repartidos por las cárceles de la provincia mientras se cerraba su nivel de implicación en la defensa de la República, su participación en la guerra o el grado de sus simpatías hacia los vencedores.

Notas

1 Departamento de Historia, IES Cristo del Rosario (Zafra, Badajoz). 2 Chaves habla de 30.500 bajas, de las que 20.000 correspondieron al ejército republicano (Chaves, 1997: 236). 3 Como consecuencia del fracaso de la primera fase de las operaciones fue destituido el jefe del Ejército de Extremadura, coronel Ricardo Burillo, sustituido por el coronel Adolfo Prada. Éste, a su vez, dejaría el mando al iniciarse el otoño al general Antonio Escobar (Chaves, 1997: 226 y 233). 4 La información proporcionada por José Hernández Mulero apareció publicada dentro de la sección Testimonio con el título “Yo sobreviví al horror del campo de concentración de Castuera”. 5 Realizamos la investigación en el IES Cristo del Rosario, de Zafra, y ayudaron en el trabajo de campo los alumnos: Sandra Ramírez Melado, María Isabel Barneto, Víctor Manuel Barraso, María Isabel Montañez Gómez, Inés Domínguez Gallardo, Mónica Piédrola Gallego, Rosa Isabel Macías Bote y Juan Manuel Cruz Castaño. 6 Quizás sea obligado reseñar, básicamente por su carácter ilustrativo, que recibimos alguna amenaza (anónima, por supuesto), exigiendo que nos dedicáramos a otra cosa. 7 Todos los testimonios coinciden en la existencia, constante, de estas sacas. José María Lama relata que un grupo de falangistas de Zafra se desplazó hasta Castuera con la finalidad de fusilar al alcalde republicano de Zafra, José González Barrero, recluido en el campo y luego asesinado. Cf. LAMA, J.M.ª (2000): Una biografía frente al olvido: José González Barrero, alcalde de Zafra en la II República. Badajoz, p.138.Bibliografía Chaves Palacios, J. (1997): La Guerra Civil en Extremadura. Operaciones militares (1936-1939). Badajoz. Gallardo, J. (1994): La Guerra Civil en La Serena. Badajoz. García, J. y Marroyo, F. (1986): La Guerra Civil en Extremadura. 1936-1939. Ed. Diario Hoy. Badajoz. Lama, J.M.ª (2000): Una biografía frente al olvido: José González Barrero, alcalde de Zafra en la II República. Badajoz. Martín, A.D. y Pelegrí, L.V. (1993): “Las instituciones republicanas en Badajoz durante la Guerra Civil”, en Encuentros de Historia de Extremadura y su didáctica. Badajoz, pp. 323-330. Vila, J. (1983): Extremadura: la Guerra Civil. Badajoz. Vila, J. (1986): La guerrilla antifranquista en Extremadura. Badajoz.


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