Argumento ad hominem


Argumento ad hominem
ARGVMENTA
Argumento ad antiquitatem
Argumento ad baculum
Argumento ad consequentiam
Argumento ad crumenam
Argumento ad hominem
Argumento ad ignorantiam
Argumento ad logicam
Argumento ad nauseam
Argumento ad novitatem
Argumento ad populum
Argumento ad verecundiam
Reductio ad absurdum

En lógica se conoce como argumento ad hominem a un tipo de falacia. Consiste en decir que algo es falso solo porque quien lo expresa no tiene autoridad para decirlo.

Por ejemplo:

Diálogo entre dos personas

  • A: El estado no está garantizando las necesidades básicas de todos los individuos
  • B: Usted nunca tuvo necesidades, no puede hablar sobre lo que hace el estado

En este caso B atacó la moral de A, pero no dijo nada sobre las necesidades básicas. Se dice entonces que el argumento usado por B es una falacia, porque no prueba falsedad, sino que intenta generar la sensación de falsedad.

No se debe caer en el error de pensar que por existir un argumento ad hominem la afirmación de A es siempre verdadera, ya que esto es también una falacia conocida como Argumento ad logicam

Ejemplo 2:

  • A: los triángulos tienen 4 lados
  • B: usted nunca estudió geometría, no tiene razón en lo que dice

Efectivamente el razonamiento de A es falso, pero no porque no haya estudiado geometría, sino porque el triángulo tiene 3 lados.

Contenido

Falacias similares

Existen falacias similares:

  • Argumento ad verecundiam: se intenta demostrar que algo es verdadero porque tiene prestigio quien lo dice
  • Falacia de asociación: se intenta demostrar que algo es falso porque quien lo dice pertenece a un grupo determinado
  • Falacia del espantapájaros: se introduce en la conversación un nuevo argumento que no tenga relación, y se lo rebate

Ad Hominem en la literatura clásica

Los clásicos denominaban al argumento ad hominem con la expresión argumentum ex concessis, es decir, que usa en su favor los argumentos «aceptados» o «concedidos» (ex concessis) por el interlocutor. Fue John Locke, creador de los argumentos en ad, quien lo renombró como ad hominem. Un ejemplo muy conocido es el de Tito Livio refiriéndose a la forma en que Aníbal persuadía a sus hombres:

Aníbal [tras cruzar los Alpes], empleó toda clase de exhortaciones para animar aquella confusa mezcla de hombres que nada tenían en común, ni la lengua, ni las costumbres, ni las leyes, ni las armas, ni los trajes, ni el aspecto ni los intereses. A los auxiliares les habló de alta paga por el momento y ricos despojos en el repartimiento del botín. Hablando a los galos, avivó en su ánimo el fuego de aquel odio nacional y natural que alimentaban contra Roma. A los ojos de los ligures hizo brillar la esperanza de cambiar sus abruptas montañas por las fértiles llanuras de Italia. Asustó a los moros y númidas con el cuadro del cruel despotismo con que los abrumaría Masinissa; y dirigiéndose a los demás les señalaba otros temores y otras esperanzas. A los cartagineses habló de las murallas de la patria, de los dioses penates, de los sepulcros de sus padres, de sus hijos, de sus parientes, de sus esposas desoladas.
Tito Livio, XXX

Por ejemplo, como señala Schopenhauer parafraseando a Aristóteles, si el interlocutor «es partidario de una secta con la que no estamos de acuerdo, podemos utilizar contra él las máximas de esa secta como principia».[1]

Los tratadistas consideran que el argumento ad hominem es un recurso que se utiliza con fines prácticos, en discusiones filosóficas, jurídicas, políticas, etc., siempre que se pretende persuadir a alguien de algo, lo cual exige compartir con el auditorio algunas de las premisas, aunque sea de forma solo teórica:

Las posibilidades de argumentación dependen de lo que cada uno está dispuesto a conceder, de los valores que reconoce, de los hechos sobre los que señala su conformidad; por consiguiente, toda argumentación es una ar­gumentación ad hominem o ex concessis.
Chaim Perelman

Referencias

  1. Arthur Schopenhauer, El arte de tener razón, Alianza Editorial, Madrid, 2004, pág. 40.

Bibliografía

  • Ricardo García Damborenea, Uso de razón, Madrid, Biblioteca Nueva, 2000.
  • Arthur Schopenhauer, El arte de tener razón. Madrid, Alianza, 2004.
  • Chaim Perelman y L. Olbrechts-Tyteca, Tratado de la argumentación, Madrid, Gredos, 1989.

Véase también


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