Francisco V Fernández de la Cueva y de la Cueva

Francisco V Fernández de la Cueva y de la Cueva

Francisco V Fernández de la Cueva y de la Cueva

Francisco V Fernández de la Cueva
Francisco V Fernández de la Cueva y de la Cueva
Francisco V Fernández de la Cueva, duque de Alburquerque.

34º Virrey de Nueva España
27 de noviembre de 1702 – 13 de noviembre de 1710
Monarca Felipe V de España
Precedido por Juan de Ortega y Montañés
Sucedido por Fernando de Alencastre Noroña y Silva

Datos personales
Nacimiento 17 de noviembre de 1666
Génova (Italia)
Fallecimiento 28 de junio de 1724
Madrid (España)
Cónyuge Juana de la Cerda Aragón y Moncada
Hijos Francisco VI Fernández de la Cueva
Ana Catalina de la Cueva
Juana de la Cueva
Profesión Político y militar
Religión Católico
Firma Firma de Francisco V Fernández de la Cueva y de la Cueva

Francisco V Fernández de la Cueva y de la Cueva (*Génova 17 de noviembre 1666; +Madrid 28 de junio 1724), fue un aristócrata, político y militar español nombrado 34º Virrey de Nueva España.

Contenido

Biografía

Perteneciente a una de las familias aristócratas más importantes de España, nació en Génova el 17 de noviembre de 1666, donde su padre prestaba servicio a la Corona de España.

Fue hijo primogénito de Melchor Fernández de la Cueva, IX duque de Alburquerque, Grande de España de Primera Clase, VII marqués de Cuéllar, IX conde de Ledesma y de Huelma y capitán general de la Armada de la mar Océano, fiel servidor de Carlos II de España, de sus Consejos de Estado y Guerra, y Junta de Armada; y de su mujer, Ana Rosalía Fernández de la Cueva, III marquesa de Cadreita, V condesa de la Torre, hija del VIII duque de Alburquerque, Francisco IV Fernández de la Cueva, 22º Virrey de Nueva España y 45º Virrey de Sicilia, y nieta de Lope Díez de Aux de Armendáriz, I marqués de Cadreita y 16º Virrey de Nueva España.

Como heredero de su casa, nació titulado marqués de Cuéllar, dignidad a la que se sumarían, a la muerte de su padres, los títulos ostentados por ellos, siendo así el X duque de Alburquerque, con Grandeza de España, VIII marqués de Cuéllar, X conde de Ledesma y de Huelma, IV marqués de Cadreita, VI conde de la Torre y X señor de Mombeltrán, Pedro Bernardo, La Codosera, Lanzahíta, Mijares, Aldeadávila de la Ribera, Villarejo del Valle, Las Cuevas, San Esteban y Santa Cruz del Valle; señor de la villa y palacio de Cadreita, de Guillena y del mayorazgo de la familia Castilla en Madrid.

Desde su infancia se dedicó a la carrera de las armas, y en edad temprana ingresó como caballero en la Orden de Santiago, en la que más tarde sería comendador de Guadalcanal, pasando más tarde a gozar de la encomienda de Benfayán en la Orden de Alcántara. Posteriormente, y siguiendo la tradición familiar, entró al servicio de los reyes, ocupando el cargo de gentilhombre de cámara, con ejercicio, de Felipe V.

A lo largo de su carrera militar, ocupó los cargos de capitán general de las Costas de Andalucía y de la mar Océano y capitán general del Reino de Granada. Finalmente es nombrado en 1702 virrey, lugarteniente y capitán general de Nueva España, cargo que desempeñó hasta 1710. A su regreso a España, recibió del monarca el collar de la Orden del Toisón de Oro, siendo el primer virrey en obtener por sus servicios tan alta condecoración. Durante su virreinato también ocupó la presidencia de la Real Audiencia y Chancillería de México.

Falleció en Madrid el 28 de junio de 1724 tras una fructuosa carrera militar y política.

Virrey de Nueva España

El duque de Alburquerque fue el segundo virrey nombrado por Felipe V de España.

Llegó a México acompañado de su esposa, doña Juana de la Cerda Aragón y Moncada, hija del VIII Duque de Medinaceli. La comitiva llegó al puerto de Veracruz en una flota enviada especialmente por el Rey Luis XIV de Francia, abuelo del Rey de España, Felipe V.

Primera preocupación

Su primera preocupación al llegar a México –encargo angustioso que le hicieron en la Corte– era la de acopiar dinero para enviarlo a España. La Guerra de Sucesión Española frente al Archiduque Carlos estaba dejando en Madrid las arcas vacías.

Al Duque se le ocurrió una forma rápida para conseguir dinero para la Real Hacienda. Empezó por confiscar los bienes, comercios y cuentas de muchos ingleses, holandeses y, también de los comerciantes portugueses. Con ingleses y holandeses los españoles estaban en guerra, pero no con los portugueses. Para Alburquerque, los vasallos del rey de Portugal dominaban casi todo el comercio en México, en Veracruz y en las principales ciudades. Y además, eran casi todos ellos judíos. Una buena ocasión para limpiar de judíos el reino. Hizo lo mismo en Nuevo México y en Luisiana. Como España estaba en guerra con Gran Bretaña y con sus aliados, esta confiscación masiva no pasaba de ser casus belli. De los portugueses había muchas quejas, pues los mejores comercios eran de ellos. Y como la envidia puede mucho, los restantes comerciantes aplaudieron las medidas que había tomado el recién regado Virrey. Muchos portugueses decidieron regresar a su tierra, y el oro y la plata llenaron pronto las arcas.

Luis XIV de Francia, le roi Soleil, queriendo velar por su nieto Felipe V, por España y por el dinero de las Indias, puso en Veracruz una soberbia flota para escoltar los envíos de oro y plata a España. No podía perderse ni un gramo. Estos navíos, tan bien protegidos por la Armada francesa, pudieron llegar intactos a los puertos españoles. La colaboración de nuestros vecinos era admirable. Pero una de esas flotas, precisamente la que más oro y plata transportaba, topó en la entrada de la Ría de Vigo con una escuadra inglesa, cortándole el paso. La realidad es que era una escuadra anglo-holandesa, dispuesta a robar la mercancía que traían los barcos. No hubo otra solución que hundir los navíos españoles, salvándose algo del riquísimo cargamento, pero la mayor parte se hundió bajo las aguas.

El duque, mientras, no paraba de atender a tanto desastre y a tanto trabajo como daba el acopio de los metales preciosos. Encontró una Armada de Barlovento compuesta por tres viejo bajeles, inservibles, hasta sin artillería. El virrey ordenó su arreglo y, además, pudo comprar dos más.

Empezó a quejarse de que la Iglesia poseía grandes bienes de fortuna en el reino. Se lo escribió al rey: “Todos los caudales se concentran en el estado eclesiástico. Además, acusó a las órdenes religiosas de ser muy criollas, de fomentar el criollismo. Al virrey le preocupaba esta pugna entre criollos y españoles recién llegados al Nuevo Mundo. Se consideraba él mismo como anticriollo. Dijo públicamente –y así escribió al rey– “... la innata enemistad que los criollos tienen a los de Europa, sin que puedan disimular su antipatía.

Creación del Tribunal de la Acordada

Otro mal que pesaba sobre el país era el bandolerismo. Los caminos eran intransitables, estaban bajo el poder de ladrones y asesinos. No se podía viajar si no se llevaba una fuerte escolta, lo que redundaba en perjuicio del tráfico de mercancías. La vida comercial estaba paralizada, ya que no transitaban mercaderías ni dinero. El duque tomó enérgicas medidas que muy pronto produjeron gran alivio para todo el país. Cientos de estos bandoleros aparecieron colgados en las orillas de los caminos. Los castigos que se imponían eran instantáneos. Todos los bandoleros eran considerados reos de muerte y se les ajusticiaba donde eran encontrados.

El Duque puso en marcha con carácter definitivo el Tribunal de la Acordada, para que en adelante sirviera de salvaguardia de personas y haciendas. La Acordada era una institución parecida a la Santa Hermandad, que dispuso de una fuerza de varios miles de hombres. Podían actuar en todas partes; lo más parecido a la Guardia Civil actual. Tuvo un resultado feliz e inmediato. El Duque de Alburquerque acabó con la plaga de bandolerismo en Nueva España.

Aires de Europa en el Virreinato

Con cierta frecuencia los duques recibían en palacio a sus amigos y a los funcionarios reales de alto rango. Con la llega del primer Borbón a España, Felipe V, también habían llegado los aires de la nueva Europa: lujo en los vestidos, en los muebles y en la vajilla. Esta vida palaciega tan lujosa, fue estrenada en México por los Duques de Alburquerque.

Al principio fue el asombro, el rechazo a lo nuevo, porque aún seguían las rígidas normas de la etiqueta palaciega de los Austrias. El color negro desapareció de los vestidos, quedó solamente para los trajes de los golillas. Los mandatarios de la corte del virrey Alburquerque llevaban casacas de vivos colores y, a ser posible, bordadas en oro y en plata, en raso de seda. Las damas de la aristocracia criolla empezaron a conocer los encajes y las sedas de colores chillones.

Fue escandaloso este principio, pero luego todos se acostumbraron a la nueva moda que llegaba de Europa.

Fin del Virreinato

El 13 de noviembre de 1710, el duque de Alburquerque entregó el bastón de mando a su sucesor, el Duque de Linares.

Por sus excelentes servicios, al regresar a Madrid, el Rey Felipe V le impuso el collar del Toisón de Oro.

Era el primer Virrey que recibía tan alta condecoración del rey.

Matrimonio y descendencia

Casó en Madrid el 6 de junio de 1684 con Juana de la Cerda Aragón y Moncada, hija de Juan Francisco II de la Cerda Enríquez de Ribera y Portocarrero, VIII Duque de Medinaceli, Grande de España y de Catalina de Aragón Folch de Cardona, VIII Duquesa de Segorbe, IX de Cardona y V de Lerma.

De este matrimonio nacieron tres hijos:

  1. Juana de la Cueva (*1690).
  2. Francisco Nicolás VI Fernández de la Cueva y de la Cerda, XI Duque de Alburquerque.
  3. Ana Catalina de la Cueva y de la Cerda (*Puerto de Santa María 1697), VI Marquesa de Cadreita, VI Condesa de la Torre, casada con Ambrosio Spinola, V ducca di Sesto y Marqués de los Balbases, a quien Velázquez retrató en su famosa obra La rendición de Breda.

Bibliogafía

  • MONTORO, José, Relación de Virreinatos y biografía de Virreyes españoles en América, Editorial Mitre, Barcelona, 1984.
  • FERNÁNDEZ DE BETHENCOURT, Francisco, Historia genealógica y heráldica de la Monarquía Española, Casa Real y Grandes de España, Tomo X, Madrid, 1920.
  • HERRERA MESÓN, Jorge, Estudio Heráldico y Genealógico de la Casa Ducal de Alburquerque, sus unidos y agregados.


Predecesor:
Juan de Ortega y Montañés
Virrey de la Nueva España
1711 - 1716
Sucesor:
Fernando de Alencastre Noroña y Silva
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