Alberto Montoreano


Alberto Montoreano
Alberto Montoreano
Nacimiento 1937
Nacionalidad argentina

Alberto Montoreano es un talentoso pintor nacido en Buenos Aires, Argentina. Descubrió la pintura en la escuela de automatismo abstracto.

Realizó muestras individuales y colectivas en las Galerias Lagard (Buenos Aires, Argentine), Meeting Point Art Center (Coral Gables, Estati Uniti), Galería Rodolfo Cascales, Salón Credicoop Primavera, Lirolay Gallery, Galerie Praxis, Sociedad de Artistas Plásticos de Argentina (SAAP), al Centro de Arte de Alto Palermo y desde el 2008 expuso en Galería Centoira, Galerie Palermo H (Buenos Aires, Argentina), Arte Clásica 09 (Buenos Aires, Argentina), Galerie Schody (Varsovia, Polonia), Centrum Kultury Jezkow Romanakich (Swidnik, Polonia), Galerie Lina Davidov (Paris, Francia), Arte Clásica 10 (Buenos Aires, Argentina)


Sobre su pintura, dijo Jean-Paul Gavard-Perret (Febrero 2010) en la crítica "Alberto Montoreano, Pintor transhistórico":

"Alberto Montoreano generalmente es considerado un pintor surrealista. Esto, sin embargo, sería minimizar su aporte, pues tal hipótesis reduce la importancia del orden visual de su obra, que excede la pertenencia a una escuela determinada. Admitamos que este artista argentino se deja llevar para hermanarse con el ritmo del tiempo y el espacio. Su pintura los abraza como se abraza a una amante. Pero el amor que el artista dedica a la pintura o a los seres se distancia de las vagas teorías del azar objetivo que el Surrealismo desarrolla sobre el tema, al menos en su versión francesa desde la perspectiva de su mentor.

En el caso de Alberto Montoreano, la pintura ofrece ante todo la pura contemplación de su propio lenguaje. Desde ese punto de vista, casi es más suprematista que surrealista. Entregarse a ella es a la vez, fuente de placer y de angustia porque nos conduce hacia el placer del descubrimiento de figuras que escapan a todo dato objetivo de representación. Presa del imperativo de su lenguaje, la pintura crea un cuerpo que, paradójicamente, trasciende las épocas por efecto de la abstracción o de una erosión particular.

Decididamente contemporánea, esta obra nos recuerda, sin embargo, tanto la gran época del barroco español, como algunos aspectos de Bacon. Se percibe una dimensión mística, sin que por ello se pueda sentir la presencia de un Dios en particular. Quizá sea ésta la manera que Montoreano encuentra de reparar el tiempo, de suspenderlo y de interrumpir o encauzar la muerte que se repite en cada aparición de un nuevo momento estético. En síntesis, diremos que el pintor argentino más que surrealista es transhistórico. Efectos oníricos, retratos transfigurados por la ironía y el ejercicio deliberado del sarcasmo hacen de su obra algo cercano al orden del deseo devorado por una suerte de absoluto.

Para la elaboración de su trabajo, se diría que el artista se pone en un estado de no ver más. Y, también, que su ojo traspasa hasta llegar al otro lado de la tela como para pasearse fuera de ella antes de que surja en el lienzo esta gracia particular compuesta por risas, muecas con un toque religioso. Se trata, entonces, de contemplar lo creado para pedir esa gracia arrogante y divertida. Conviene observar con detenimiento para abandonarse a esta gracia particular y sentir que ahí se juega el “yo” de la pintura muy por encima de una simple manipulación surrealista.

Digamos también que sin duda resulta más prudente no intentar develar el misterio de estos cuadros. Es cierto que no poseen cuerpo propiamente, pero de él nacen para que entonces surjan lo vivaz y lo virgen. Montoreano nos desliza entre bellas sábanas, pero éstas no cubren nada. La imagen, más que una superficie, se transforma en un cuerpo que devela una emoción desconocida y compleja.

El pintor hace hablar a las líneas y a los colores. Fuera de todo lenguaje convencional, el suyo se vuelve libre y ligado a la energía desplegada para contar historias de las cuales no se sabe nada. Sólo se descubre el eje de las vidas que oscilan a través de la luz. Alberto Montoreano nos hace comprender que la vida es el instante, pero subrayando la diferencia entre el instante de vida y el Instante Pictórico necesario para ir más lejos, para deshacer y rehacer el mundo. Es la manera de alcanzar la luz por medio de la gracia de la representación.

El argentino capta el movimiento presente en la inmovilidad. Entre el gesto y su fijación, siempre hay un batir de alas o un murmullo de “ella”. Se percibe, entonces, aquello que Beckett supo expresar tan bien: “no la coseidad de la cosa, sino la coseidad de la imagen”. Ver lo visible no basta, Hay que ir más lejos. Ya no ver cómo percibimos habitualmente, sino distinguir lo que percibimos cuando la pintura nos mira para poder aprender lo que significa aprehender el carácter fugaz de lo real.

Las telas convocan nuestra mirada, nuestro pensamiento, nuestro impensable. Se curan del tiempo para lograr crear una eternidad particular. Dios y la nada encuentran como respuesta estas formas escurridizas. Abandonamos tierra firme y por un tiempo la idea de duración. Las telas devienen – por una suerte de transferencia – en cavernas de nuestro cerebro. Hay que mirarlas con los ojos cerrados. Pensemos en el tema que proponen, no en el desarrollo fotográfico sino en el desarrollo algebraico, aquel que pone al día en una serie todos los términos que contiene. Pensemos también en el desarrollo geométrico. Este último permite aquí visualizar sobre un único plano los diversos lados de un mismo volumen que nunca termina de jugar con la luz."[1]


Alan Pauls, se refirió a las obras de Alberto Montoreano:

“…Las obras de Montoreano, llenas de contornos equívocos y de un vertiginoso movimiento de violencia, sensualidad y efectos oníricos son retratos desfigurados por la ironía y el ejercicio deliberado del sarcasmo y de un humor lindante con el surrealismo…”[2]


En palabras de Alberto Montoreano:

“Pintar, es para mí, una sorpresa. Al ir conformándose las imágenes, me entusiasmo, me excito, me sorprendo y a veces, termino emocionándome. Hablo de ‘sorpresa’, ya que al comenzar nunca imagino lo que irá apareciendo luego. Muchas veces, cuando aprecio el final de una obra, me invade una sensación de alivio. Algo muy dentro mío acaba de salir hacia la tela o el papel. Entonces, visualizo claramente mi alegría y mis amores. Otras veces me siento librado de alguna pesadilla, de algún sueño, de alguna amenaza, de algún temor. La sorpresa no me abandona al continuar observando lo impensado del resultado.”[3]


En Europa

Montoreano exhibió más de 40 obras en diversas muestras en Varsovia y Swidnik, Polonia, y en París, Francia.


Enlaces externos

Referencias

  1. Por Jean-Paul Gavard-Perret, Doctor en literatura y profesor de Comunicación en la Universidad de Savoie, Chambéry, Francia.
  2. Alan Pauls es un escritor argentino cuyas novelas, ensayos y cuentos han sido traducidos al inglés, al francés, al portugués, al rumano, al italiano, al holandés y al alemán
  3. Alberto Montoreano

Wikimedia foundation. 2010.

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