Las bacantes


Las bacantes

Las Bacantes (o Báquides) es el título de una tragedia de Eurípides datada en el año 409 a. C. y representada en 405 a. C., tras la muerte de su autor.

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Personajes

Argumento

Contexto

El dios Dioniso era hijo de Zeus y una mortal, Sémele, hija a su vez de Cadmo, el rey fundador de Tebas. Tras sus viajes por toda Asia, Dioniso llega a Tebas, ciudad en la que se negaba su condición de dios, acompañado por un coro de adoradoras, formado por bacantes (adoradoras humanas) y ménades (ninfas).


Las hermanas de su madre habían difundido el rumor de que Sémele se había acostado con algún mortal y que Zeus la había fulminado por haberse inventado la historia de que se había acostado con él. Por ello, Dioniso las había hecho enloquecer y ahora practicaban también ritos a Dioniso como bacantes. El rey Penteo, nieto de Cadmo, tampoco le ofrece libaciones. Dioniso llegaba con la intención de demostrar que él es un dios.

Tiresias y Cadmo defienden el culto a Dioniso

Cadmo y el adivino Tiresias, ambos ancianos, se disponen a participar en los ritos en honor a Dioniso. Penteo llega explicando cómo las mujeres de Tebas han participado en esos ritos y tras beber vino se han entregado a la lujuria, por lo que ha ordenado apresarlas, así como a un extranjero que es el que está difundiendo la creencia de que Dioniso es un dios.

Tiresias le explica cómo Dioniso fue el que inventó el vino y que con esa bebida se produce el dulce placer del sueño y el olvido de los males. Asimismo añade que el mito de que nació del muslo de Zeus es en realidad una deformación de la realidad, ya que lo que ocurrió es que Zeus formó un fantasma de Dioniso que ofreció como rehén a Hera y, por la similitud de las palabras rehén y muslo (hómeros y merós), se gestó el mito.

Además, señala que si algunas mujeres se entregan a la lujuria, ello no es culpa de los ritos, sino de su propio carácter.

Cadmo además trata de hacer comprender a su nieto que los que se creen mejores que los dioses sufren castigos divinos.

Dioniso es capturado

Penteo no atiende a las razones de ambos y apremia a sus sirvientes para que capturen al extranjero que va difundiendo el culto a Dioniso. El extranjero, que resulta ser el propio Dioniso, es capturado, sin que opusiera resistencia, y encadenado. Sin embargo, las bacantes se escaparon como por arte de magia.

Penteo interroga a Dioniso. Éste le dice que es de la región de Lidia y que fue iniciado en el culto a Dioniso por el mismo dios, pero se niega a decirle qué tipo de ritos son los que practica y qué aspecto tiene Dioniso.

Penteo le dice que será castigado; le cortarán el pelo, le requisará un tirso que lleva consigo y será llevado a prisión.

Ruina del palacio

Las bacantes se lamentan de que Dioniso esté encerrado y creen que pronto serán capturadas. Sin embargo, son llamadas por Dioniso, que se ha liberado de su encierro y salen del palacio, que está a punto de derrumbarse.

Explica a las bacantes lo que sucedió: había sido atado junto a un toro y en ese momento el dios fue el que provocó un terremoto que hizo temblar el palacio hasta dejarlo en estado de ruina, prendió el fuego al sepulcro de su madre y creó un fantasma que Penteo intentó matar con la equivocada idea de que era el prisionero. Y Penteo feliz mato al fantasma quedando cubierto de gloria.

Prodigios de las bacantes

Penteo aparece sorprendido por todo lo ocurrido y ve que Dioniso se ha liberado. Llega en ese momento un mensajero que explica a Penteo que tres coros de bacantes, dirigidas por Autónoe, Ágave (la propia madre de Penteo) e Ino, habían sido halladas durmiendo y sin signos de lujuria. Cuando despertaron hicieron brotar una fuente de agua, otra de vino, un río de leche y miel del extremo de sus tirsos. Los boyeros y pastores habían tratado de hacer cumplir las órdenes de Penteo y capturar a las bacantes, pero éstas habían reaccionado y armadas con sus tirsos habían descuartizado vacas y toros, saqueado dos aldeas y herido a los aldeanos, sin haber sufrido ellas el menor daño. A continuación, habían regresado donde habían hecho brotar las fuentes, para lavarse y que unas serpientes les limpiaran las mejillas con su lengua.

Penteo ante las bacantes

El mensajero insta a su rey a que, en vista de tales prodigios, se apresure a reconocer a Dioniso como dios, pero Penteo no cede y prepara su ejército para matar a las bacantes, sin embargo vacila ante la posibilidad de que las bacantes sigan realizando prodigios y hagan huir al ejército.

Penteo siente ahora curiosidad por ver con sus propios ojos el comportamiento de las bacantes y Dioniso le indica que para poder hacerlo sin peligro deberá ponerse ropas de mujer.

Vestido así, es conducido por Dioniso hasta el monte Citerón donde se hallan las bacantes.

Un mensajero relata la muerte de Penteo: Dioniso había alzado al rey para que éste subiera a las ramas de un abeto para observar a las bacantes. Entonces éstas últimas fueron arengadas por Dioniso para que se vengasen del rey. Las bacantes le arrojaron piedras y arrancaron el abeto de la tierra.

Penteo cayó al suelo y pidió a su madre Ágave que lo reconociese y no lo matase, pero estaba poseída por Dioniso; ella y el resto de las bacantes, mataron y descuartizaron al rey.

El coro de bacantes llega con Ágave a palacio, con la cabeza de Penteo. Ágave muestra a los tebanos la cabeza de lo que ella cree que es un animal salvaje. Tras escuchar a Cadmo, Ágave entra en razón y comprende el crimen que ha cometido a causa de que ella, como Penteo, no reconocían a Dioniso como dios.

Por último aparece Dioniso y dice que Cadmo será transformado en dragón y su esposa Harmonía en serpiente y tras comandar un ejército y devastar ciudades serán conducidos por Ares a las islas de los Bienaventurados. Ágave y sus hermanas son desterradas.

Bibliografía

  • Eurípides. Tragedias III. Edición de Juan Miguel Labiano. Madrid, Cátedra, 2000. ISBN 84-376-1833-9.

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