Christian Basso


Christian Basso
Para otros usos de este término, véase Basso (desambiguación).

Christian Basso (n. Buenos Aires 27 de septiembre de 1966), músico argentino.

Christian Basso es compositor y multiinstrumentista. Creador de música para obras de teatro, danza, multimedia, televisión y cine. Su más reciente producción es la música para la película coreana Secret Sunshine / Milyang del conocido director Lee Chang Dong, ganadora de una Palma de Oro en Cannes 2007.

Su música combina elementos del tango, la música italiana, el jazz, y el folklore, con lo clásico y la tradición de los compositores de soundtracks.

Basso alcanzó renombre en la escena local a lo largo de sus más de veinte años de carrera como bajista y músico en distintos proyectos junto a Charly García, Gustavo Cerati, Richard Coleman, Andrés Calamaro, Daniel Melingo, Javier Malosetti, María Gabriela Epumer, entre otros; y principalmente con La Portuaria, banda de la que fue ideólogo y miembro fundador junto a Diego Frenkel. Sus temas Selva y El bar de la calle Rodney permanecieron por semanas en los primeros puestos en ventas.

Como solista editó Profanía y La Penthalpha, obras en las que profundiza aún más su búsqueda de un sonido personal que dé cuenta del espíritu y poética de la música de los inmigrantes, dando como resultado una obra de genero propio y características únicas. Ambos proyectos discográficos contaron con la participación de la soprano Eva Faludi (Coro Polifónico Nacional), la cantante estadounidense Kal Cahoone (Lilium, Tarantella) y el músico arreglador Alejandro Terán (Hypnofon), entre otros.

«Basso propone una música con fuerte acento europeo, con aires de puerto, cabaret y vaudeville. Allí resuenan melancólicos violines, mandolinas y acordeones, junto con las guitarras twang del spaghetti western. Es un sonido profundamente evocativo, que reconoce antecedentes como Ennio Morricone, Nino Rota y más recientemente el grupo Caléxico y el bad seed Barry Adamson» (Claudio Kleiman, en la revista Rolling Stone Magazine).

Contenido

El gran viaje de la música

«De pequeño, la música me invadió como una nube», dice Christian, rememorando sus primeros encuentros cercanos con los sonidos mágicos. Su padre, Héctor Basso, es también músico, un apasionado del jazz, ejecutante de contrabajo y de tuba, que ha tocado con los grandes del género en Argentina: The Georgians Jazz Band (junto a Fats Fernández), Swing 39 (junto a Walter Malosetti), entre otros. Su linaje artístico va aún más allá: su bisabuelo Pedro Brondo, tocador de violín y mandolina giraba nómademente por las pampas argentinas a principios del siglo XX; su tía abuela Ana Clara Bell fue actriz y su tío abuelo Hugo Del Cerro, cantante en la Orquesta de Roberto Calo en los años cuarenta, épocas de oro para el cine y el tango argentinos.

La infancia del joven Basso estuvo impregnada de arte en múltiples formas y no tardó en querer él también ser protagonista. A los doce años da sus primeros pasos en la música cuando se pone a estudiar bajo eléctrico con Rinaldo Rafanelli (Sui Generis).

Como tantos otros jóvenes de la época, armó su primer grupo TNT en el colegio secundario junto a Cay Gutiérrez. Su adolescencia y su crecimiento en la música coincidieron con una época de cambios importantes en el panorama del rock argentino. Comenzaban los años ’80 y junto con el final del proceso militar y la esperanza que traía el inminente retorno democrático empezaban a llegar los primeros coletazos de la new wave a la Argentina. Surgieron nuevas bandas como Virus, Soda Stereo, Sumo. Una nueva sensación de libertad flotaba en el aire: «Terminaba la escuela y terminaba la dictadura. Era como si me estuviesen dando la llave de una jaula, salir de la represión escolar que sentía en el colegio de curas, y de la que se vivía en la calle».

Fue en esos días cuando comprendió que la música no iba a ser tan sólo un hobby o un entretenimiento pasajero, sino su destino en la vida. Esa revelación lo impulsó a superarse. Continuo estudiando con maestros como Ricardo Pellican, que lo inicio en el jazz y Carlos Madariaga. Con este último aprendió el oficio, la lectura y el profesionalismo; y fue el quien lo recomendó para formar parte del grupo estable de Canal 9, que tocaba en programas como Sábados de la bondad, e Hiperhumor.

Ese primer trabajo profesional le permitió comprarse un piano. A pesar de ser su padre quien le mostrara el camino potencial de ser músico, fue su madre, Graciela Dodero, quien realmente apoyo esos primeros pasos: «Me daba plata para pagar las clases de bajo con Rafanelli, porque a mi viejo no le gustaba que estudiara con un rockero. Ella me compro el bajo Fender ’66 que todavía llevo conmigo». Sobre la vocación compartida con su padre, Christian sostiene que es muy difícil que un hijo de músico no se vuelva músico él también: «Sería casi antinatural. La música es algo demasiado mágico. Lo veo con mi propio hijo, que tiene catorce años y toca el bajo también. Incluso ya hemos tocado juntos en actos de su escuela… Él al violín y yo al piano».

Aquellos locos años ochenta

Con la democracia la música había vuelto a los pubs, a los clubes y a los bares de Buenos Aires. Se tocaba rock, pop, tango, folklore, jazz. Las posibilidades eran infinitas. Christian recaló en el bar Tortoni, tocando jazz con los amigos de su padre (Ricardo Pellican, Marcelo Matte y Javier Malosetti) y todos los días se topaba con gente nueva. Un día conoce al baterista Fernando Samalea, quien le propone armar un grupo con el tecladista Pollo Raffo para acompañar al cantante Alberto Lucas. Salen a tocar por el interior y es así como tiene su primera degustación, propiamente dicha, de lo que es una gira.

«No llegaba a reaccionar sobre la velocidad con que me pasaban las cosas». La gira lo acercó mucho espiritualmente a Samalea. Vivían en barrios vecinos, Coghlan y Saavedra y veían cómo empezaban a aparecer nuevos proyectos, grupos, posibilidades. La sala de ensayos que compartían era un crisol de pruebas por el que pasaban músicos constantemente. Un día, en una fiesta conocen a Diego Frenkel y Adi Azicri. Hablan de todo, pero la música es el tema recurrente y descubren gustos compartidos por Talking Heads, The Police, King Crimson, B-52s. Es el comienzo de Clap, grupo con el que Basso tendría su debut discográfico con el álbum Brujerías flotantes que sale por el sello RCA y más tarde es reeditado por BMG.

A pesar de la inmadurez de los músicos, el disco de Clap fue una revelación. Tiene la sofisticación de la parte más funcional y elástica del rock progresivo y la inmediatez de la new wave. El disco ostenta, además, letras audaces, cargadas de cierto misticismo existencial. Clap tenía también una elaborada estética escénica, a la que contribuían una sutil combinación de maquillajes, ropas y juegos de luces.

El equilibrio interno de Clap, sin embargo, era inestable, un precio que hay que pagar por la inexperiencia. La formación sufrió varios cambios y la banda se quebró a cuando empezaban a planear el segundo disco. Basso y Samalea, inquietos, ya estaban en el proyecto de Fricción, junto a Gustavo Cerati, Richard Coleman y Celsa Mel Gowland. Participó en el primer larga duración del grupo Consumación o consumo, un disco de climas intensos y oscuros, que tenía en Perdiendo el contacto y A veces llamo dos temas hitos de esa época.

Por esos días Charly García se encontraba en un pico artístico, a mitad de camino de la tetralogía de álbumes que se convertirían en clásicos de su discografía: Yendo de la cama al living, Clix modernos, Piano bar y Parte de la religión. García era un habitué de los sitios donde se paseaba el rock argentino de los años ochenta, La Capilla, Prix D’Ami, Caras Más Caras y Stud Free Pub, entre otros, y no tardó en darse cuenta el potencial musical de aquella formación de Fricción, tentó a Coleman, Basso y Samalea para que se le unieran y los rebautizó como Las Ligas. Aunque Basso no llegó a grabar junto a Charly, la gira que hizo con Las Ligas fue importantísima en cuanto a su evolución musical y al fogueo internacional, ya que la banda actuó en España, Chile y Brasil: «Tenía 21 años y estaba tocando con Andrés Calamaro, con Fito Páez, con Pedro Aznar, toda gente que yo admiraba, que me había marcado mucho».

Allí se hizo muy amigo, además, de Daniel Melingo y se convirtieron en inseparables compañeros de aventuras por las sinuosas calles de Marruecos y más tarde de España, donde se acopla por un tiempo, al proyecto de Lions In Love, para una temporada de actuaciones en los clubes de Madrid. En esta época empieza a solidificarse la conciencia étnica de Basso, con una predisposición cada vez mayor a incorporar a su música el pulso de la World Music. Pero la influencia de lo exótico no era algo nuevo en su vida: «Otro gurú de mi vida ha sido mi tío Juan Carlos González, marino y médico de a bordo, quien ha viajado por todo el mundo. De chiquito, gracias a sus relatos y a los regalos que me traía de todas partes, me fui construyendo espacios imaginarios que tenían el marco de geografías insólitas de África, China, Japón… Todo esto se afirmó más después de mi visita a Marruecos y de los meses pasados en España». Como un escalón más en esa dirección, decide irse a París. Por consejo de su amiga chilena Javiera Parra, recala en la casa del grupo Los Jaivas. «Allí fue donde realmente me metí en el tema de la música latinoamericana y de la música de Medio Oriente también, porque estábamos en contacto con varios músicos árabes».

Días portuarios

A finales de los años ochenta retorna a la Argentina, «renovado y muy feliz de volver a ver el cielo azul de Buenos Aires». Se vuelve a conectar con Diego Frenkel y le hace escuchar un casete con la música que venía experimentando en Europa, esa fusión de música árabe y latinoamericana. Caía el muro de Berlín y las fronteras entre oriente y occidente se disolvían. Se hablaba de apertura y de diversidad, en la política, en el arte, en la música. Peter Gabriel fundaba Real World Records y le daba un espaldarazo sin precedentes a la World Music. La época era propicia para desarrollar un sonido que expresara esa variedad estilística que había comenzado a amar. El resultado de toda esa búsqueda fue la formación de La Portuaria en abril de 1988, con Basso (en bajo), Frenkel (en guitarra y voz), Víctor Winograd (en batería) y el percusionista brasileño Eliezer Freitas Santos. Graban el debut Rosas Rojas para el sello EMI, cuya filial española lo edita en vinilo y –toda una novedad para la época, al menos para un grupo argentino- en Compact Disc. Sigue una gira promocional por España, al tiempo que en la Argentina se va perfilando un temprano hit con el tema Palabras de Amor, conocido también como Lambada.

La Portuaria crece en popularidad junto al cambio de década y Basso se involucra más en el plano compositivo, aportando la música de dos clásicos de la banda: El bar de la calle Rodney (del álbum Escenas de la vida amorosa), y Selva (del larga duración Devorador de corazones), editados en 1991 y 1993 respectivamente. Además de tocar muy seguido, no sólo en Buenos Aires, sino también a lo largo y ancho de toda la Argentina, La Portuaria había vuelto a España en 1992 para participar en la prestigiosa ExpoSevilla. La versión 1993 del grupo tenía una alineación diferente, sin el percusionista Freitas Santos pero con otro ex-Clap, Sebastián Schachtel (en teclados y acordeón), Alejandro Terán (en saxo y guitarra) y Axel Krygier (en saxo alto y barítono).

La Portuaria corona su carrera ascendente con un recital en Obras Sanitarias, donde graban un disco en vivo que aparece «post mórtem», y en 1995 sale un álbum final en estudio, ¡Huija!. A esta altura se había acumulado cierto desgaste interno y la separación de La Portuaria es un acto consensuado. Basso sentía que le faltaba algo en su vida y empieza a estudiar filosofía en la Universidad de Buenos Aires. «Me convertí en un estudiante crónico, como buen estudiante de filosofía. Después de cinco o seis años, seguía y sigo estudiando». Por otra parte, la mitad de los noventa coincidió con la crisis económica que derivó del llamado Efecto Tequila y que acabó con el espejismo de bonanza que acuñó el menemismo. Se cayeron las ventas de los discos y empezaron a ralear las actuaciones. Christian también atravesaba por una crisis en su vida personal que incluyó la separación de su esposa y madre de su hijo y la venta de su casa. «Fue toda una explosión —recuerda— y de inmediato comenzó otra vez la búsqueda interior, pero ahora solo. Tratar de imaginar algo y llevarlo a cabo. Grabar por mi cuenta, aprovechando las tretas de lo artesanal: pocos medios y mucho rendimiento».

Christian nunca dejó de tocar. Cada vez lo atraía más el estudio de grabación y las inmensas posibilidades que se abrieron con los avances tecnológicos de la era digital. «Fue importante la influencia del productor de ¡Huija!, Andrés Levin. Aprendí mucho mirándolo trabajar».

Cortándose solo

La fascinación por la fusión entre sonido e imagen se canaliza en 1997 en la composición de la música para el mediometraje multimedia La montaña esmeralda, del cual es, además, autor de los textos y codirector junto a Diego Chemes. A partir de la inclusión de dos temas con música suya: La Diablada y Dios grabados con La Portuaria, en el film Starmaps dirigido por Miguel Arteta, film que obtiene una nominación en el Sundance Festival de New York, comienza a abrirse un camino que será germinal en su futuro como compositor. Al año siguiente, el cortometraje Passing Berthoud, de Caryn Sánchez, incluye sus temas Lone Star Ranger y El payaso patético.

Los nuevos proyectos incluyeron un viaje: «Conocí a una chica llamada Kal Cahoone y me dijo que era de Denver (Colorado). Me contó de esos lugares; de los cowboys, de las steel-guitars y yo dije: “¡Vamos!”. Quería estar ahí, ver cómo son las bandas de country-punk, como sacan esos grandes sonidos de guitarras… cómo ponen los twin-reverbs… Estuve un año en Estados Unidos y descubrí una movida muy interesante en Tucsón (Arizona). Grupos instrumentales, como Friends of Dean Martínez. Un tipo llamado Jeffrey Paul Norlander, de 16 Horsepower. Fue un umbral musical y artístico muy alto y estimulante. Fue como un shot que me dio mucha tela para procesar. Me dio valor e ideas, porque yo tuve siempre ese sueño de la música instrumental y de repente empezaron a aparecer muchas cosas por el estilo en varias partes del mundo. Hay discos que uno tiene para escuchar en ciertos momentos en que no necesita una voz diciendo palabras».

Entre tantos nuevos estímulos, no había perdido de vista el escenario. En 1998 formó el grupo La Continental, con Terán y Krygier para realizar algunos shows en Buenos Aires y al año siguiente le llegó una misteriosa llamada. «Suena el teléfono de casa y era María Gabriela Epumer. Me dijo que hacía rato que quería tocar conmigo y me invitó a sumarme a su nueva banda». El grupo lo integran, además, Fernando Kabusaki y Martin Millán. También participa, en calidad de músico, compositor de un tema y productor artístico asociado, del álbum Perfume, editado por DBN en 1999. «Fueron dos años que tocamos juntos, con María Gabriela y con Fernando. Después vino la tragedia… sin palabras… Pero María Gabriela fue como un ángel guardián en mi vida; me ayudaba, me daba confianza, me estimulaba». Fueron tiempos de mucha actividad, que incluyeron una participación en el disco Échale semilla de Axel Krygier y otro trabajo de productor, en el tema Equis, del álbum de los Tintoreros Chas Park. Con todo, no perdía de vista un proyecto que venía madurando desde hacía rato: la grabación de su primer álbum solista, Profanía, que sale en el año 2000.

«Ese primer disco lo hice casi todo yo —recuerda Basso—. Grabé muchos instrumentos: órgano, guitarras, bajos, algunas cuerdas… Al principio todos los temas eran instrumentales, sin voces. Después empezamos a grabar con Kal Cahoone e hicimos todo un disco de canciones, o sea que en cierto momento tenía dos discos, uno instrumental y otro de canciones. Fue entonces cuando decidí sintetizar y junté los dos discos en uno».

«Gastón Moreira (de Los Pericos fue quien primero creyó en el material. Mezclábamos en el estudio de su banda, a las dos de la mañana, con el Pro-Tools y lo terminamos editando en su sello, Buena Beat Records».

«En eso estaba cuando mi tío Juan Carlos, el médico, gran amante y conocedor de la música clásica, me dice que hay una cantante lírica que me estaba buscando. Y así fue como conocí a Eva Faludi. Fuí a escucharla cantar a una iglesia, toda vestida de negro… ¡y con zapatillas! Una chica judía y soltera que cantaba en las bodas católicas. La conocí y me empezó a hablar de Vangelis y Ennio Morricone. Y ahí pensé: “Tenemos que hacer algo juntos”. A último momento metimos dos voces de Eva en Profanía».

«Creo que Profanía tiene un buen timing en su desarrollo. Lo ponés y fluye... Las subidas y bajadas cada vez me gustan menos. El tempo lento es el que más me gusta. Después de todo, si no hubiera existido la tragedia griega, ¿dónde estaría la catarsis? A veces tenemos que ver algo terrible para sentirnos mejor. A mí la música triste no me pone triste, al contrario. Me hace comulgar con el compositor. Humaniza mi experiencia desesperada. Es como una caricia, a la larga».

Entre Profanía y su sucesor, La Pentalpha, hizo unos 25 shows donde participaron —además de Eva— músicos como Mariano Zambonini (en teclados y vientos), Adi Azicri (en guitarra), Martín Millán (en batería), Eugenia Varas (en voz), y ocasionales como Carla Pugliese y Laura Casarino: «Yo lo veía como un grupo de los años sesenta: bajo, batería, guitarra y órgano, el típico cuarteto italiano, más las voces. Dentro de eso estaba permitido todo».

En esos días febriles de 2000 amagó, también, con sumarse a la vuelta de La Portuaria: «Nos juntamos para hacer un par de temas, pero algunas discusiones me retrotrajeron a épocas que creía superadas y tuve que decir que no. De todas formas, en el álbum de reaparición de La Portuaria Me mata la vida decidieron dejar un tema mío, tipo country, bien para arriba, que me pareció que trae una línea nueva y potente». Poco después viaja es invitado a India para participar en la grabación de un disco devocional para Sri Kalki Bhagaván con el guitarrista y cantante Enzo Buono y el ingeniero Eduardo Mackinley, en un estudio montado en una zona rural de la India, en medio del campo, cerca de la ciudad de Madrás. «Fue una experiencia increíble. Además dimos un concierto ante 120.000 personas. No había ni un policía. Todos vestidos de túnicas blancas y bailando».

El retorno al país fue descorazonante. Con un país sumido en la crisis pos 2001 quiso seguir con su banda pero las cuentas no daban y a menudo tenía que poner dinero de su bolsillo para pagar a los músicos. «En algún momento dije “se acabó”: el desgaste era muy fuerte. Decidí parar y ahí fue cuando conocí a mi otro gran maestro de música… Klaus Cabjolsky Me hizo comprender la música de clásicos como Bach, algo que siempre había tenido delante de los ojos y no le había prestado atención. Maravilloso. Realmente hay que tocarlo para entenderlo; no basta con escucharlo».

Enriquecido por la experiencia, Basso se puso a armar el material de La Pentalpha (Los Años Luz, 2003). «El disco fue el resultado de esta nueva percepción de la música clásica y de animarme a escribir y a probar. Frente a la tenaz insistencia de mi maestro, de que la música estaba en la imaginación antes que en las manos y el instrumento, programe un trabajo que no libraba casi nada al azar ni a la experimentación en el estudio. Escribí las particellas para cada instrumento y luego comencé a grabar. Participaron grandes músicos, entre ellos el cornista Mario Tenreiro del Teatro Colón, parte del Coro Polifónico Nacional, además de Charly García, Alejandro Terán, Carla Pugliese, Axel Krygier, Javier Casalla, Daniel Melingo, y por supuesto Eva Faludi, esta vez en un rol protagónico mucho más saliente. La producción la hizo Cay Gutiérrez, viejo compañero de escuela y músico super talentoso, con el que había formado mi primer grupo TNT».

«La Pentalpha es un disco de paisajes, una obra que deja una pregunta abierta sobre música, matemática y genética. Así como en la multiplicación celular aparecen leyes mensurables, la música recuerda esas divisiones y las distingue, se llena de contenido lo que parecía ser caprichoso. Estoy en la Argentina, pensé, el país que mis abuelos eligieron para avanzar, y el sentido de mi obra es recoger esos vagos recuerdos de melodías ancestrales y transformarlas en música concreta, estructurada y cantable. Los instrumentos de orquesta se rindieron ante lo popular, se dejó entrar a la guitarra eléctrica, la batería y el órgano a la orquesta de cámara, se hizo del tocar un play, un juego sin frontera de estilos».

Intermezzo dub- Sexteto Irreal

Inmediatamente después de la salida de su segundo disco se asoció con Axel Krygier y proyectaron un grupo de improvisación colectiva llamado Sexteto Irreal –que en realidad era un quinteto- con el que realizaron gran cantidad de shows. La forma final del grupo se logró con Fernando Samalea, Alejandro Terán, y Manuel Schaller. El repertorio incluía originalmente temas de Krygier y de Basso, que endemoniadamente mutaban hacia furiosas improvisaciones ex-nihilo. El proyecto duro aproximadamente un par de años y decidieron motu proprio no editar ningún disco, aunque llevaron una prolija documentación grabada de sus conciertos en vivo. Entre ellos

  • Ciudad Konex I & II,
  • ciclo en el Club del Vino
  • cierre del Festival de Cine de Mar del Plata
  • Teatro San Martin y más.

Secret mail - Secret Sunshine

Hacia fines de 2006 Basso encuentra en su casilla de mensajes, un mail con asunto: «Greetings from Korea». Casi a punto de borrarlo alguna mano invisible lo lleva a abrirlo, era una invitación para colaborar en la dirección musical del cuarto film del director y escritor coreano Lee Chang Dong: Secret Sunshine. «Había llegado el momento tan esperado, alguien en un remoto país, país en donde se genera el film de vanguardia mundial, me había elegido a mi, un compositor argentino frente a otras tantas opciones que tendría. Lee había escuchado mi disco, que se lo habían dado en ocasión de una visita suya a la Argentina como miembro del jurado en el festival de Cine Internacional, y sentía encontrar en el primer tema, Criollo el espíritu de lo que estaba buscando. El ritmo de este tema encuadraba dentro del pwunchak, que es una forma del folklore coreano, y daba a la película el aire popular deseado».

Christian viajo dos veces a Corea, la primera fue para tener reuniones con Lee, regreso para Argentina en donde produjo la música junto a músicos como Alejandro Terán, Mariano Zambonini, Julián Gándara, entre otros, y luego regreso a Korea para la postproducción. En la última sesión de trabajo, después de 24 hs ininterrumpidas, se le manifestó una hepatitis A que lo llevo a una internación en un hospital por 15 días. «Oriente invita a la contemplación, yo quería una experiencia mística, y terminó sucediendo, en el hospital conocí Korea, el espíritu altruista de seres a quienes realmente importaba mi sanación y bienestar. Agradezco profundamente tales atenciones».

El film obtuvo el Best Actress Award (Cannes FF, 2007), el Best Feature Film/Best Performance by an Actress Award (Asia Pacific Screen Awards, 2007) y el Best Actor Award (Palm Springs IFF, 2008) y se proyecta en los cines de Japan, Greece, Russia, Hong Kong, Israel, Baltics, Singapore y Korea, por ahora. Fue invitada a los siguientes festivales: Cannes FF(2007)/Karlovy Vary IFF(2007)/Yerevan Golden Apricot FF(2007)/ Telluride FF(2007)/Toronto IFF(2007)/New York IFF(2007)/ Vancouver IFF(2007)/ Pusan IFF(2007)/ London IFF(2007)/ AFI Fest(2007)/ Thessaloniki IFF(2007)/ Tokyo FILMeX(2007)/ Tallinn Black Nights FF(2007)/ Dubai IFF(2007)/ Rotterdam IFF(2008)/ Belgrade IFF(2008)

Lista de películas

  • 1997 Starmaps. Dirección Miguel Arteta
    • Producida por Matthew Greenfield, USA
    • Inclusión de La Diablada y Dios
    • Nominada en el Sundance Festival
  • 1999 Sex, Shame, and Tears/ Sexo, pudor y lágrimas Dirección Antonio Serrano
    • Producida por Matthias Ehrenberg, MEXICO
    • Inclusión del tema Supermambo
    • Awards from the Mexican Academy of Film: Best actress, Art direction, Best original score, Best original script, ambientación/ Audience Award (XIV Guadalajara Film Festival)
  • 2003 Dot the I/ Obsesión dirección Mathew Parkhill
    • con Gael García Bernal. Producida por Summit Entertainment, UK
    • Inclusión del tema The Movement
    • Ganadora del Audience Award en Deauville - Festival du Cinema Américain
  • 2007 Secret Sunshine/ Milyang dirección Lee Chang Dong, producida por Pine House Films (Corea).
    • Dirección musical. Inclusión de Criollo
    • Ganadora de Best Actress Award (Cannes FF, 2007), el Best Feature Film/Best Performance by an Actress Award (Asia Pacific Screen Awards, 2007) y el Best Actor Award (Palm Springs IFF, 2008

Documentales

  • 2004 The Boat dirección Guillermo Costanzo
  • 2006 Comunidad de locos dirigido por Ana Cutuli
  • 2007 Fear no Evil dirección: Teresa Bo y Guillermo Costanzo. Premio JVC Japón.

Obras multimedia

  • 1997: La Montaña Esmeralda junto al artista plástico Diego Chemes. C.C.Rojas
  • 2005: Episodios llanos junto a la coreógrafa Gabriela Prado y la video artista Silvia Rivas. Centro Experimental del Teatro Colon

Teatro

  • 2007: En la cola del avión dirigida por Leticia Bredice, Se incluye el tema Melodía sentimental Centro cultural El Cubo.
  • 2007: Pequeño drama para dos mujeres dirigida por Andrea Chacón Álvarez
  • 2007: Cara de fuego dirigida por Alejandro Maci. Ciudad Konex

Danza

  • 2006: Aireempaq dirección Valeria Cuesta. CCRojas
  • 2007: Montecarlo dirección Carlos Casella CCRojas

Instalaciones

  • 2007 Espiritista en el Festival Internacional de Teatro (de Buenos Aires). Centro Municipal de Exposiciones.

Prensa

  • «Un beat inclasificable. Tarantellas, aires griegos, algún country perezoso, tango y mucho más. Altamente recomendable» (Mariano del Mazo, en el diario Clarín Espectáculos; OCT 2000).
  • «Una obra moderna con música de todas partes, casi siempre instrumental, con un profundo sentido del desarraigo y la belleza» (Pablo Plotkin/ Página 12/ No/ APR 2001).
  • « Ecos de Nino Rota, Barry Adamson y guitarras de spaghetti westerns, la oscuridad del cabaret alemán y la melancolía de los bares del puerto»

Roque Casciero/ Rolling Stone/ FEB 2001

  • «La inclusión de ritmos e instrumentos fuera de foco es un gesto tan promiscuo y provocador como la música de Nino Rota en el film El Baile. Por este caleidoscopio pasa un órgano Hammond cabalgando un spaghetti western, voces de soprano entretejidas con escalas indias, y un vals sacudido con sintetizadores. Un disco imaginativo» (Jorge Luis Fernández, en la revista Rolling Stone, febrero de 2001).
  • «Listening to the songs, you get the feeling that they existed already, in some uncertain way: songs that one used to know, although it’s impossible to say where and when. It is a music of remembrance» (Laura Wittner del Buenos Aires Herald, noviembre de 2000)
  • «Un trabajo tan sugerente como inusual con respecto al panorama local. Propone una música con fuerte acento europeo, aires de puerto, cabaret y vodevil. Melancólicos violines, mandolinas y acordeones, junto con las guitarras twang del spaghetti western. Es un sonido profundamente evocativo, que reconoce antecedentes como Enio Morricone, Nino Rota y más recientemente el grupo Calexico y el bad seed Barry Adamson» (Claudio Kleiman, Rolling Stone, diciembre de 2000).
  • «Basso se hace presente con su disco solista Profanía, y unos shows que se han convertido en una de las pocas novedades del circuito del rock curioso» Adriana Franco La Nación Espectáculos; en febrero de 2001).
  • «Alejado de lo previsible, animándose por territorios en los que confluyen el folklore pampeano y la música de cabaret, el ex La Portuaria parece decirle adiós al rock y embarcarse en una gran aventura: la de intentar algo tan distinto como nuevo. Melancolía. Raro, singular, gravitacional, distinto… Un cruce, una singularidad. Un atlas histórico que no deja de catapultarnos hacia el futuro utilizando como cuerda de tensión aquello escuchado más de mil veces. El elemento argentino está muy presente, melodías italianizadas que tienen algo del inmigrante. Una lectura europea del tango. Es el cocoliche argentino» (Mariano Valerio, Inrockuptibles, noviembre de 2000).
  • La Pentalpha «Muy bueno (****) ¡Que viaje! Bandas de sonido sin película. Clima de viajes y despedidas, melodías del Mediterráneo y el Egeo, lánguidos valses, boleros atravesados por las voces de una soprano, música circense, tarantella y foxtrot. Fundador de La Portuaria, Basso sigue merodeando puertos» (Mariano del Mazo, Clarín Espectáculos; septiembre de 2003).
  • «Música sugerente, climática, que podría ser banda de sonido cinematográfica» (Daniel Flores, La Nación Espectáculos; noviembre de 2003)
  • «Inclasificable y buenísimo ****

Su autor se revela como uno de los espíritus más inquietos de su generación, alejándose casi por completo del formato rock para ofrecer una suerte de música global en la que todo esta permitido. Y por eso se niega a quedarse en un solo lugar. Enhorabuena: este sistema ambicioso le permitió registrar uno de los mejores discos del año» (Pablo Strozza, Rolling Stone, noviembre de 2003).

  • «Basso bien podría entrar en ese género tan abarcativo llamado world music, con una mirada hacia lo europeo. La Pentalpha, integrado en su mayoría por temas instrumentales, esta atravesado por esas raíces al ritmo de canzonettas y valses, jazz, música clásica y country» (Gaspar Zimerman, Clarín Espectáculos; noviembre de 2003).
  • «Basso escapa a la frugal industria de la música entendida como entretenimiento. Es un músico sorprendente. En términos musicales, La Pentalpha es una rareza conceptual que mixtura música clásica, country rock y jazz, configurando un sonido tal vez más arriesgado y experimental que el anterior Profanía, su disco debut...» (Cristian Vitale, Página 12/ Espectáculos; septiembre de 2003).
  • «La Pentalpha, su nuevo trabajo, llega más lejos para confirmar aquello que antes se insinuaba: el jadeo polifónico de Bs. As. tiene mucho para dar. Cocoliche y melancolía» (Mariano Valerio, Inrockuptibles, agosto de 2003).
  • «Más que ninguna otra cosa, La Pentalpha es la semblanza de un músico concentrado en su propia evolución. Un hermoso disco de arribos y partidas, pero nunca de viajes ni de mientras tanto. Profanía, su primer disco solista ya anunciaba mucho de lo que vendría: la puntillosa búsqueda formal de la perfección. Todo sube y baja ya sin detenerse más que en tierra firme, pasando de un género a otro, pero nunca quedándose en el medio. De ahí los arribos y las partidas, la transpiración y el olor a puerto. Y entre tarantelas alegres y canzonettas animadas, entre chansons, piezas de piano trasnochadas y algunas orquestaciones extirpadas del cerebro del Brian Wilson más afiebrado, aparecen, como en un réquiem, los últimos gestos hacia el rock, el género que lo vi nacer y ahora lo ve partir. Justamente, en las canciones más tristes y dolorosas de un disco sin desperdicios» (Nicolás Miguelez, Inrockuptibles, agosto de 2003).

Enlaces externos

Basso, Christian


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